El Evangelio de la Prosperidad


 

EL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD

Una Breve Historia!!! (Enfasis añadido por AAMCEPS)

 


A. LOS INICIOS

Es difícil determinar cronológicamente el génesis de este movimiento. La mejor manera de contemplarlo es a través de una observación de la manera en que algunos ministerios norteamericanos evolucionaron hasta convertirse en exponentes de estas nuevas enseñanzas.

1. LA ENSEÑANZA SOBRE LA SEMILLA DE FE

Durante los años cincuenta, en los Estados Unidos de Norteamérica, aparecieron varios evangelistas capacitados con el don de sanidad. El éxito de sus cruzadas se podía apreciar en las multitudes que llegaban hasta los más grandes recintos del país, para recibir la curación de sus enfermedades. La figura más sobresaliente en este ámbito fue Oral Roberts, quien transmitía sus campañas por televisión a muchas partes. Debido a los altos costos que demandaba esta empresa, el evangelista se vio en la obligación de implementar métodos cada vez más eficaces para levantar fondos.

De este modo Roberts elaboró el concepto de que el dar es como sembrar una semilla, que después al cosecharla, producirá una abundante prosperidad material. Como la semilla sembrada en el terreno fértil se multiplica en la siega, así se multiplican las ofrendas de los creyentes que dan generosamente. El desarrollo de esta doctrina quedó en manos de otros líderes de organizaciones semejantes, que requerían millones de dólares anualmente para funcionar. Kenneth Hagin (padre), Jim Bakker, Kenneth Copeland y otros, se encargaron de buscar en la Biblia todas las referencias relacionadas con el término “semilla” para apoyar sus conceptos. El arte de levantar fondos se fue perfeccionando gradualmente hasta convertir a sus cultores en verdaderos millonarios.

2. EL DETERIORO DOCTRINAL

Algunos afirman que los orígenes del evangelio de prosperidad no sólo se encuentran en este despertar de la avaricia humana, sino que además las creencias tradicionales de la fe evangélica sufrieron algunos deterioros, durante este período. Para el Presidente del Instituto de Investigaciones Cristianas, Hank Hanegraaff, la teología del Movimiento de Prosperidad comienza a gestarse a partir de la infiltración de algunas doctrinas heréticas en la iglesia. Su teología puede ser asociado directamente con la enseñanza cultista de la metafísica del Nuevo Pensamiento. Gran parte de la teología del movimiento de la Fe puede ser también descubierta en tales cultos como la Ciencia Religiosa, la Ciencia Cristiana y la Escuela Unitaria de Cristianismo.[1]

Este tipo de infiltraciones se habrían hecho patentes durante la época en que los grandes evangelistas llevaban a cabo sus multitudinarios cultos de avivamiento. El énfasis era correcto, se hacía necesario anunciar un mensaje optimista y lleno de amor y compasión por las necesidades humanas.

Lamentablemente, no todos siguieron una ortodoxia correcta y se provocaron muchos excesos en los púlpitos, motivados por las excentricidades de los ministros.

El fruto de estas desviaciones se hizo patente en algunos ministerios norteamericanos de renombre. Hanegraaff denuncia el caso de A. A. Allen: Allen defraudó a sus seguidores diciéndoles que él podía mandar a Dios que “cambiara los billetes de un dólar por billetes de veinte”. También se le conoce por haber instado a sus seguidores a que le solicitaran “los retazos de tela para orar ungidos con aceite milagroso” y ofreció la “Cuenta individual de milagros” como puntos de contacto para la obtención de milagros personales. Allen incluso “lanzó un breve programa para la resurrección de muertos”. Desde luego murió.

Allen fue finalmente expulsado de la denominación de las Asambleas de Dios cuando violó su fianza después de haber sido arrestado por conducir bajo los efectos del alcohol.[2]

Los exponentes contemporáneos del evangelio de prosperidad validan algunas de las prácticas de estos predicadores fraudulentos. Los énfasis en sanidad, recaudación de grandes sumas de dinero y la oferta de milagros de todo tipo constituyen el marco de referencia de esta corriente de pensamiento y acción. No obstante, es innegable que el evangelio de prosperidad logró configurarse a partir de las enseñanzas de la popularmente llamada “Confesión positiva”. Su principal exponente fue Essek William Kenyon, nacido en Nueva York en 1867, quien ha legado conceptos tales como “lo que yo afirmo, eso poseo”, tan conocidos hoy entre los cultores del movimiento de la super fe. Entre sus discípulos se destacan Kenneth Hagin y Kenneth Copeland, quienes lograron estructurar este movimiento, del cual se desprende la teología del evangelio de prosperidad.

B. EXTENSIÓN DEL MOVIMIENTO

La rápida difusión de las enseñanzas de estos predicadores, a través los medios de comunicación escritos y audiovisuales, significó que sus ideas cruzaran las barreras nacionales y se proyectaran buscando adeptos y colaboradores alrededor del mundo. En este sentido es muy interesante notar que los proponentes de estas doctrinas afirman que sus enseñanzas no son aplicables a los países que tienen una economía pobre. Por ende, la selección de los nuevos mercados se realizó con un riguroso control de calidad, eligiéndose aquellas naciones que manifestaban mejores índices macroeconómicos, economías en vías de desarrollo o aquellas que hubiesen experimentado un crecimiento sostenido.

1. INCURSIONES EN SUDAMÉRICA

América del Sur no quedó ajena al impacto de estas enseñanzas materialistas. El auge económico, la solidificación de los procesos democráticos y la explosión de las comunicaciones, provocaron que países como Argentina, Chile, Costa Rica y otros, tuvieran un acceso casi inmediato a la nueva evangelización tecnológica que vivía América del norte. Los grandes ministerios comenzaron a transmitir sus cultos y maratónicas recaudaciones de dinero primero en las radioemisoras y canales de televisión tradicionales, y luego en los medios de comunicación que los evangélicos nacionales adquirieron.

2. INCURSIONES EN CHILE

Varios factores se conjugaron para que el evangelio de prosperidad se hiciera popular entre los latinos. En Chile, el Gobierno militar de Augusto Pinochet echó las bases de la aplicación de un modelo económico social que luego, con la llegada de la democracia, reportó un progreso financiero impresionante. Logros similares a este, situaron al país en un alto nivel de desarrollo y competitividad en el contexto latinoamericano. Este proceso, unido a un aumento significativo en el mejoramiento de la calidad de vida de la población, permitió que también los evangélicos comenzaran a ver grandes avances en sus perspectivas económicas.

C. EFECTOS PRIMARIOS

Ahora el ser evangélico no constituía un signo de ignorancia o pobreza. Los descendientes de los primeros pentecostales se educaron, y por lo tanto, la vieja prédica que exaltaba la pobreza como una cualidad propia de un buen cristiano y condenaba a los ricos e intelectuales, tuvo que reformarse. Los hermanos que mantuvieron un rechazo categórico a la instrucción teológica, después de haber experimentado estos cambios socioeconómicos, fueron el terreno fértil de un evangelio que exalta el materialismo, envolviéndolo de un manto de dudosa espiritualidad.

La nueva forma de ver la iglesia generó diversos cambios en el quehacer evangélico. La liturgia de los cultos se modernizó, integrándose toda suerte de adelantos tecnológicos. Las viejas guitarras, acordeones y panderos fueron desplazados por guitarras eléctricas, bajos, baterías y teclados, semejantes a los que usaban los hermanos de la TV. Los antiguos y abandonados teatros o cines de las ciudades principales se transformaron en templos evangélicos, ya que estaban ubicados en lugares más estratégicos, ofrecían mejor espacio y comodidad y sobre todo, se parecían más a los recintos empleados por los grandes telepredicadores. La tradicional predicación callejera tuvo que dar paso a la difusión radial y televisiva del mensaje evangelístico, para así “ponerse al día”.

Esta revolución tuvo dos efectos principales. En primer lugar el evangelismo masivo cosechó excelentes frutos, las estructuras tradicionalistas que se hacían cada vez más legalistas se ventilaron un poco y el rostro del evangelio se hizo más alegre y festivo. No obstante, el otro efecto no fue tan alentador. Todos estos cambios tuvieron un costo económico demasiado alto, para un grupo no muy numeroso de la población. Arriendos de locales de predicación, publicidad televisiva, uso de espacios radiales y la compra de medios de comunicación propios, se convirtieron en las razones principales para levantar ofrendas o pagar los diezmos. Cuando los excesivos montos no lograban cubrirse, había que echar mano de lo que fuera para generar los fondos. Es aquí donde las promesas de los maestros de la prosperidad, al igual que en los inicios del movimiento, sirvieron como una herramienta para obtener los recursos que el nuevo sistema necesitaba para mantenerse en pie.

La generosidad del pueblo cristiano despertó ambiciones oscuras de inescrupulosos, que no dudaban en ofrecer impresionantes divisas a los que se desprendieran de sus bienes materiales para apoyar su “ministerio”. Sin solicitarlo, el evangelio de la prosperidad había llegado a América del Sur.

II. LOS PRINCIPALES POSTULADOS DEL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD

Un predicador de radio intentaba recoger una buena ofrenda para su ministerio. Mientras exponía la parábola del sembrador decía: “La semilla que el sembrador esparcía es una representación espiritual de tus diezmos y ofrendas. Los cuatro tipos de terrenos, son cuatro clases de iglesias. Tu prosperidad económica depende del terreno en el cual tu deposites la semilla. Si lo haces en una iglesia pequeña, poco importante vas a obtener un treinta por ciento de ganancias … pero si siembras en nuestro ministerio recibirás el ciento por uno, porque el ministerio XX es buena tierra”.

¿Cuáles son los fundamentos del evangelio de prosperidad? ¿Qué pretenden enseñar? ¿Son bíblicas sus enseñanzas? A continuación presentamos un resumen de lo que creen los promotores de este movimiento.

A. LA POBREZA, LA ENFERMEDAD Y LA MUERTE SON UNA MALDICIÓN.

Kenneth E. Hagin en un folleto titulado: “Redimido de la pobreza, enfermedad, y la muerte espiritual” intenta señalar que la redención de Cristo tenía por objeto librar al hombre de una maldición triple, que estaría contenida en lo que él considera la ley:

Cristo nos ha redimido de la maldición de la ley. ¿Cuál es la maldición de la ley? La única manera de averiguar lo que es la maldición de la ley es volver a la ley. En el Nuevo Testamento la expresión “la Ley” generalmente se refiere al Pentateuco, o sea los primeros cinco libros de la Biblia. Al estudiar los libros que son la ley, hallamos que la maldición o pena por haber quebrantado la ley de Dios es triple: la Pobreza, la Enfermedad y Muerte Segunda.[3]

La base bíblica que emplea es Gálatas 3:13,14,29

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado de un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a todos los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu … Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.[4]

A pesar de que el planteamiento resulta bastante lógico, la declaración de Hagin carece de precisión exegética. La bendición de Abraham se interpreta como prosperidad económica. Esto significaría que los creyentes heredan de Abraham la capacidad de hacerse ricos. ¿Es correcta esta conclusión? ¿No se refiere más bien a que la bendición de Abraham consistía en que el patriarca fue justificado por creer?. El apóstol Pablo, al emplear el ejemplo del padre de la fe, ilustra el hecho de que los creyentes son herederos de la justificación por la fe; “Creyó Abraham y le fue contado por justicia (Ro. 4; Gál. 3:6-9).

La implicación de estas enseñanzas es obvia. Si la enfermedad, la muerte y la pobreza son una maldición, entonces el Hijo del hombre que no tenía donde recostar su cabeza, los santos mártires de Hebreos 11 o el misionero más grande de todos los tiempos, Pablo, estarían bajo maldición. Es más, los millones de creyentes de los países pobres vivirían engañados, pensando que son bienaventurados, en cambio, los ricos terratenientes, los emires de la droga y los corruptos políticos que poseen grandes sumas de dinero en cuentas bancarias, serían los benditos del Padre Celestial. Sin duda alguna, la premisa de vincular la posesión de bienes económicos con el favor divino es incorrecta.

B. LA MOTIVACIÓN PARA DAR CONSISTE EN INVERTIR EN EL REINO DE DIOS.

La promesa fundamental del evangelio de prosperidad consiste en que Dios aumentará milagrosamente los recursos económicos de sus hijos. El predicador de esta doctrina, John Avanzini, relata una impresionante visión en la que Dios le revela este principio.

El me dijo, “Mi pueblo hace otra cosa por cuya razón no puedo multiplicarles su dinero. La mayoría de ellos ofrendan sin pedirme un resultado específico, no esperan nada a cambio de su ofrenda o regalo. John, la multiplicación de dinero que yo le devuelvo al dador siempre va acompañada de un milagro. Todos los milagros operan por fe. Cuando mi pueblo da sin esperar nada, no se están moviendo en fe”

Entonces me citó la escritura en Hebreos 11:1, “La fe es, pues, la sustancia de las cosas que se esperan… Es imposible darme en fe si no esperan nada como resultado de tu ofrenda”

“Dile a mi pueblo que tienen que seguir estos dos pasos importantes siempre que den. Primero, que den la cantidad exacta que yo les digo. Segundo, tienen que dar con la expectativa de recibir de Mí la multiplicación. Tienen que dar sus ofrendas o regalos en obediencia y en fe”.[5]

La enseñanza es clara, dar por interés en lo que se obtendrá. Para que esta inversión no se vea muy frívola o calculadora, los proponentes de este “nuevo evangelio” vinculan este principio con la sana enseñanza de dar para sostener la obra de Dios. De este modo aparece la idea de “invertir en el Reino de Dios” Instar a los cristianos para que apoyen la obra del Señor es algo muy loable. Se debe enseñar a cada congregación a que sea fiel en sus ofrendas, diezmos y donativos. La Biblia presenta ejemplos notables de personas que se desprendían de sus recursos económicos para extender el Reino de Dios. La viuda que dio su sustento, los creyentes de Macedonia que daban “aun más allá de sus fuerzas” (2 Co. 8:3), Bernabé, quien vendió su heredad para apoyar la naciente iglesia (Hch. 4:36-37) y tantos otros casos dignos de ser imitados, abundan en las Escrituras. Sin embargo la motivación que el Nuevo Testamento señala para dar no es el interés en recompensas.

En un artículo de futura publicación, el presidente del Instituto Bíblico Pentecostal de Chile, Rvdo. Pablo Hoff, explica cómo los exponentes del evangelio de prosperidad aplican este principio: “El motivo no es tanto dar a Dios sino invertir dinero en el reino de Dios para recibir mucho más, prosperar y llegar a ser ricos.”[6]

En otras palabras “dar” se transforma en “invertir”. El peligro está en perder de vista los verdaderos objetivos que debe perseguir esta acción: extender el Reino de Dios, manifestar agradecimiento al Señor, bendecir a los hermanos en la fe o ayudar a los pobres y desposeídos.

Sin duda alguna el materialismo que vivimos a diario ha provocado un alto grado de egoísmo, aun entre los fieles de las congregaciones. Cada vez se hace más difícil incentivar a las personas a colaborar económicamente con una obra evangelística, o apoyar financieramente al pastor local. No obstante, esto no es una excusa para justificar el empleo de tácticas comerciales o pseudoreligiosas nocivas, para levantar fondos. Es triste escuchar promesas que van desde la tergiversación del correcto sentido de ciertos pasajes bíblicos, hasta el ofrecimiento de multiplicaciones millonarias de fondos, por el sólo hecho de hacerse colaborador de tal o cual ministerio.

No estamos diciendo que es malo contribuir con los nuevos ministerios evangelísticos, o que es indebido ayudar a sostener un programa cristiano de radio o televisión. Sino que intentamos señalar que las motivaciones para desprenderse de los recursos o bienes materiales deben estar dentro del contexto de la generosidad y la gratitud. De lo contrario, con tanto manejo sucio, alguien podría llegar a tener la funesta idea de resucitar las odiadas bulas papales, que siglos atrás se vendían a los creyentes para comprar el perdón de Dios o mitigar los sufrimientos del purgatorio.

C. LA FE ES UNA FUERZA

Uno de los principios más llamativos de este movimiento es el que tiene que ver con la fe. Para provocar multiplicaciones de dinero o milagros económicos tan espectaculares es necesario un recurso espiritual tremendamente poderoso; la fe. Al leer lo que creen los ideólogos del evangelio de prosperidad, de inmediato se puede reconocer que el concepto que enseñan sobre esta materia es fundamental para entender su filosofía. ¡Todo es posible! Parece que la fe es como el combustible que hace andar toda la maquinaria teológica de estos predicadores.

Una de las declaraciones más contundentes la conocemos a través de la pluma de Kenneth Copeland: “La fe es una poderosa fuerza. Se trata de una fuerza tangible.”[7]

Esta fuerza positiva posee su contraparte, el temor, el cual sería la parte negativa. Al manifestar fe, Dios se “activa”, en cambio, al manifestar temor, el diablo se activa. Para ilustrar esta extraña dinámica Hanegraaff cita a Charles Capps:

Job activó a Satanás por su miedo cuando dijo, “porque el temor que me espantaba me ha venido” (Job 3:25). Una fe activa en la Palabra coloca a Dios en la escena. Y el temor, trae a la escena a Satanás.[8]

Tal vez una de las razones por las cuales se ha llegado concebir la fe en términos físicos, provenga de algunas traducciones del conocido texto de Hebreos 11:1. En la versión Reina – Valera de 1909, podemos leer “Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven” (Las negrillas son nuestras). El uso de la palabra “sustancia” también ocurre en la versión inglesa King James, que Juan R Capurro traduce así: “La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven”.[9]

La comprensión de la fe como una sustancia ha derivado en una gran cantidad de especulaciones. El mismo Capurro lleva muy lejos esta idea al afirmar que el propio Dios necesitó de la fe en su obra creadora. Al comentar el capítulo 11 de Hebreos, este hombre pregunta:

El sujeto de este versículo 3, es Dios. El fue el que creó el universo y no nosotros. Y si cada uno de los personajes utilizó su fe para realizar su hazaña, ¿no será acaso que fue Dios quien usó fe para crear el universo? Pues la realidad de esto se hace evidente.[10]

Capurro no trepida reinterpretar y unir los versículos 1 y 3 del aludido pasaje de Hebreos para afirmar su postura:

Dicho de otro modo: Es, pues, la fe, la certeza de recibir lo que se espera, aun cuando no haya motivo aparente para que esto suceda; es estar convencido de que sucederá lo que esperamos, aunque no lo podamos ver. Nosotros entendemos, que usando la fe, Dios creó el universo por medio de su palabra, haciendo todo lo que podemos ver, de la nada, de lo que no se veía ni existía.[11]

Sin embargo, esta grandiosa fuerza creativa debe ser canalizada. Se requiere un vehículo que le de dirección, destino y propósito. El medio a través del cual la fe se conduce son las palabras. Según los maestros de la prosperidad, así es posible entender mejor las expresiones de los primeros capítulos de Génesis, o la manera en que Dios creó todas las cosas.

El le puso el marco al mundo con sus palabras. No se puede construir sin sustancia. El tomó palabras—palabras llenas de fe fueron la sustancia de Dios. Dios llenó sus palabras con fe. El usó sus palabras como recipiente para retener su fe y contener esa fuerza espiritual y transportarla hacia afuera a la vasta oscuridad por el hecho de decir “¡sea la luz!”. Así es la manera en la cual Dios transportó Su fe—y así causó la creación y la transformación.[12]

Del mismo modo los creyentes pueden utilizar su fe en forma creativa. Al apreciar esta enseñanza, es posible encontrar una conexión directa entre la teología de la prosperidad y las enseñanzas de la confesión positiva. Esta ideología consiste en declarar ciertas órdenes para que se ejecuten milagros, sanidades o deseos de prosperidad material. En otros términos lo que ocurre es una “liberación de fe” a través de las palabras. “Cuando sus palabras sean palabras de fe, Dios podrá confiar a usted Su poder en las palabras de su boca. Lo que diga, sea bueno, sea malo, será lo que recibirá.”[13]

La clave para obtener resultados, activando este tipo de fe, generalmente se relaciona con la aplicación de una especie de fórmulas, que indican la manera en que se debe proceder correctamente al orar. A modo de ilustración, nuevamente citamos a Hanegraaff, quien sintetiza una de estas formulaciones, elaborada por el pastor de la iglesia más grande del mundo, Paul Yonggi Cho. Primero, hazte una meta bien clara, entonces dibuja un cuadro mental que sea vívido y gráfico y visualiza el éxito. Entonces, “incuba” esa meta hasta su realización, trayéndola finalmente a su existencia mediante “el poder creativo de la palabra hablada”[14]

Hay que ser muy específico, puesto que lo que se recibe es exactamente lo que se pide. De lo contrario los resultados pueden ser muy desagradables. En esto consiste la bendición de Abraham, según este nuevo evangelio; fe para prosperar materialmente. Sólo hay que dar para el Reino de Dios, esperando recibir a cambio una contundente multiplicación “ Y, “…lo que diga le será hecho” (Mr. 11:23)

D. LA VOLUNTAD DE DIOS ES QUE SUS HIJOS SEAN PROSPERADOS ECONÓMICAMENTE.

Tal vez este principio sea la base sobre la cual descansan todas las creencias de este movimiento. Cientos de libros, folletos y sermones tratan de aclarar el asunto. La argumentación empleada, para apoyar esta idea, intenta defenderse bíblicamente y para ello se recurre a todo tipo de pasajes, al parecer sin considerar su género literario, trasfondo o contexto.

Uno de los pasajes bíblicos más mal interpretado por los maestros del evangelio materialista es 3ª de Juan 2. “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”. Dicen que esto es la voz de Dios, quien principalmente desea sus hijos sean prosperados materialmente. Esta salutación es usada como un principio de aplicación universal para todos los cristianos, en la cual, supuestamente Dios está dando a conocer su voluntad de que todos sean ricos y sanos. Pero, ¿Es Dios quien habla? Lamentablemente no. Estas son las palabras que el apóstol Juan dirige a Gayo, su colaborador. Y lo que Juan desea para su amigo es que tenga éxito en las actividades que emprenda, no que se convierta en un magnate.

La clave para comprender cómo es que Dios prospera económicamente a sus hijos, según los adherentes del evangelio de prosperidad, es la histórica figura de Abraham. En la misma forma que Dios bendijo al patriarca, los contemporáneos hijos de Dios deben ser bendecidos. Consideremos la explicación de un promotor de la teología de la riqueza:

La primera promesa de Dios a Abraham fue que iba a hacerle rico. ¿Quiere decir entonces que Dios va a hacernos a todos ricos? Sí eso es lo que quiero decir. ¿Quiere decir que a todos nos hará millonarios? No, no es lo que dije. Pero va a hacernos ricos. Ud. no entiende bien lo que significa la palabra “rico”. Según el diccionario, “rico” significa “con abundancia”, “con cantidad”, o “bien provisto”. Bendito sea Dios, en Cristo hay abundancia.[15]

La riqueza entonces, no sólo es sinónimo de la bendición y el amor de Dios a sus hijos, sino que además es la característica de los que honran a Dios. Es más, el hecho de que los recursos económicos no estén en posesión de los cristianos, sino en manos de los inconversos, se debe a que los creyentes no honran a Dios como es debido. Hagin lo expresa de la siguiente manera: “Amigos, la mayoría somos pobres, no por haber honrado a Dios, sino por haberle deshonrado. Uds. pueden decir: “¡Amén!”, porque es la verdad.” Y continua argumentando su posición:

La Biblia dice que la plata y el oro son de Dios. También “los millares de animales en los collados” son de Dios. ¿Para quien ha dispuesto Dios todo eso? Por cierto no para el diablo y los suyos. ¡Amén! Eso sería amar más a los hijos del diablo que a los suyos propios, sería como si un hombre dejara sin comer y sin casa a sus hijos, para pagar el alquiler y la comida de otra mujer e hijos. Es a nosotros a quien Dios ama, no al diablo. ¿No es verdad?[16]

Resulta entonces muy comprensible darse cuenta que toda la riqueza del mundo debe ser de la iglesia. Simplemente hay que reclamarla por fe. Dios no tardará en cumplir con su voluntad de bendecir a aquellos que le honren. Para este caso, honrar a Dios se traduce en ofrendar y pagar fielmente los diezmos al evangelista o ministro de turno, elegido por Dios.

Uno de los casos más sobresalientes, en cuanto a evangelistas de la prosperidad, lo constituye John Avanzini, autor del libro “30, 60, ciento por uno” (que ya hemos citado anteriormente). Según este predicador, a través de una visión Dios le comisionó para predicar el mensaje de las finanzas, dotándole además con el extraordinario poder de multiplicar las ofrendas de los fieles.

“Los que se sientan capacitados para participar en esta ofrenda especial, tienen que hacer algo más. Tienen que creer junto contigo, que cuando tu pongas tus manos sobre la ofrenda, se les multiplicará a ellos al ciento por uno”[17]

La fama de este contemporáneo “Rey Midas” es increíble. Quinientas cincuenta cadenas de televisión transmiten cinco veces al día su programa “Principios de economía bíblica” en todo Estado Unidos. Este tipo de resultados se interpretan hoy como “éxito ministerial”, sin embargo, ¿no estaremos en presencia de uno de aquellos personajes de quienes profetizó el apóstol Pedro en 2ª Ped. 2:2-3?

III. IMPACTO PROVOCADO POR EL EVANGELIO DE PROSPERIDAD

La mayoría de las innovaciones teológicas contemporáneas nacen como un intento de mejorar el estado actual de la comunidad cristiana. En un sentido se convierten en la expresión práctica de una crítica del sistema. Esta crítica generalmente ataca el esquema teológico-filosófico, el comportamiento litúrgico, la pasividad evangelística, el retroceso de la conducta santificada de las congregaciones u otro de los clásicos problemas enfrentados por la iglesia. Esta situación nos hace afirmar que las modificaciones teológicas se pueden analizar desde la perspectiva del énfasis que el grupo reformador desea implementar.

En el caso de la teología de prosperidad, los énfasis que han configurado su manera de actuar nos permiten identificar dos tipos de impactos (positivos y negativos), provocados entre los evangélicos latinos. Los efectos más nocivos, requieren una corrección definitiva, de lo contrario, algunas tendencias heréticas podrían comprometer peligrosamente las convicciones más profundas de la fe cristiana. Sin embargo, hay algunos aspectos valiosos de este movimiento, cuyos efectos en la iglesia sudamericana, trataremos de analizar en su justa medida.

A. EFECTOS POSITIVOS

1. Restaura la relevancia de la mayordomía.

Es indudable que Dios ha establecido pautas bíblicas para la administración de las finanzas. En términos concretos el plan bíblico involucra diezmos, ofrendas y donativos en general. Éstos deben ser manejados con sabiduría y prudencia por personas capacitadas para ello, en el seno de la iglesia. Los ítemes de gastos deben dar prioridad a la extensión del reino de Dios y al adecuado sostenimiento de los ministros.

El evangelio de la prosperidad hace bien al enfatizar la mayordomía cristiana. Es saludable enseñar estos temas en las congregaciones, en forma equilibrada y sistemática. De lo contrario los presupuestos o salarios de ministros pueden llegar a convertirse en motivos de frustración. Son muchos los casos de pastores que para lograr sostener a su familia adecuadamente, se han visto en la obligación de trabajar tanto en el ministerio como en un empleo secular, disminuyendo así sus posibilifdades de realizar un ministerio efectivo. Sólo cuando la iglesia entiende la relevancia de aplicar una mayordomía responsable, los objetivos de la iglesia se cumplen satisfactoriamente.

Una mayordomía bíblicamente desarrollada cuenta con el beneplácito de Dios. Es una manera de aceptar la soberanía del Señor y un acto de gratitud y reconocimiento hacia el Creador. Es términos simples, la mayordomía es un acto de adoración.

Lo importante en cuanto a la manera de dar los diezmos y ofrendas al Señor, radica en la motivación del oferente. Un corazón agradecido no espera recompensas a cambio. El ánimo que empuja al dador alegre es la realidad de que Dios le ama (2ª Co. 9:7)

2. Enfatiza los resultados de la generosidad.

“El alma generosa será prosperada…” (Prov. 11:25) Esta premisa es destacada por la teología de la prosperidad con mucha fuerza. Dios mira con buenos ojos a los que se desprenden de sus bienes para bendecir a otros. El apóstol Pablo también es categórico al afirmar que: “… el que siembra generosamente, generosamente también segará…” (2ª Co. 9:6b). Al considerar estas verdades resulta evidente que hay una relación de causa – efecto en la enseñanza bíblica de la siembra y la cosecha. La generosidad de los redimidos es una de las dimensiones del amor que ha sido derramado en ellos (1ª Co. 13:3) Esta idea es sintetizada en la “Regla de oro” (Lc. 6:31), donde Cristo rompe con el egoísmo humano, al enseñar que lo que deseamos para nosotros, lo procuremos para el prójimo.

3. Enfatiza la experiencia carismática en la época contemporánea.

Dios no cambia y su poder es el mismo de antes. Los optimistas sermones de los predicadores de la prosperidad, han permitido recordar a la iglesia de esta centuria que es posible esperar que Dios actúe hoy como lo hacía en los tiempos bíblicos. La abundancia de testimonios de milagros son una prueba de que el Todopoderoso sigue obrando en medio de sus hijos.

B. EFECTOS NEGATIVOS

1. Sobrevalora la posesión de bienes materiales en la experiencia cristiana.

La aplicación de los principios del evangelio de la prosperidad provoca un retroceso hacia los primitivos conceptos de los “amigos de Job”. Para estos personajes, la pobreza, enfermedad y sufrimiento del patriarca eran producto del pecado y la maldición, por el contrario, las riquezas y salud eran consideradas como el favor del Altísimo. Asimismo, los maestros materialistas hacen absoluto el bien económico, presentándolo como el ente que determina el favor o el desagrado de Dios hacia sus hijos.

Esta perspectiva empuja a los cristianos a adoptar formas de vida materialistas. Los púlpitos comienzan a lanzar declaraciones tales como: “Si eres hijo del Rey, debes vivir como un hijo del Rey”, lo cual se traduce en términos prácticos en vestir trajes costosos, conducir automóviles sofisticados o vivir en lujosas casas. Lo mejor del mundo deben disfrutarlo los creyentes. Cuando este estándar de vida no se logra, la insatisfacción, la frustración y el sentimiento de culpa se apoderan de los defraudados creyentes.

2. Practica una hermenéutica por conveniencia.

Una doctrina es bíblica cuando está apoyada por una sana interpretación del texto sagrado. No basta citar porciones aisladas, para forjar enseñanzas cristianas. Hablando de la manera en que los teólogos de la prosperidad usan la hermenéutica, Pablo Hoff declara: Aunque predican preciosas verdades bíblicas, también sacan pasajes de su contexto y les dan un nuevo sentido, reinterpretan partes de la Biblia para que esté de acuerdo con sus nuevas enseñanzas, ponen demasiado énfasis en algunas doctrinas. En síntesis tergiversan la Palabra de Dios para poder desarrollar sus nociones.[18]

Tomado de: Radio Betsaida

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