¿Está usted escuchando? ¿Qué debemos hacer cuando las oraciones siguen sin respuesta? Por Charles F. Stanley


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¿Ha sentido usted alguna vez como si Dios guardara silencio? Quizás está teniendo una enfermedad física, y a pesar de sus oraciones por sanidad, el Señor no ha intervenido. O tal vez está buscando fervientemente su dirección en cuanto a una decisión importante, y Él simplemente no le responde.

En esos momentos, una serie de pensamientos pasan rápidamente por nuestras mentes: ¿Está Él escuchando? ¿Le importo? ¿Por qué no me ayuda? Si ha tenido una situación como ésta, no le ha pasado a usted solamente. María y Marta experimentaron la angustia, la confusión y la decepción de ver desvanecer sus esperanzas (Jn 11.1-21). Cuando el hermano de ellas, Lázaro, se enfermó, dieron aviso al Señor Jesús. Pero cuando Él recibió el mensaje, esperó dos días más antes de ponerse en marcha.

María y Marta esperaban que el Señor dejara todo para venir a sanar a su hermano. ¿Puede usted imaginar la ansiedad y la perplejidad de ellas mientras esperaban y veían cómo empeoraba la condición de Lázaro —hasta que finalmente murió? ¿Dónde estaba Jesús? ¿Por qué no había venido?

Puedo identificarme con María y Marta porque yo también he experimentando el silencio de Dios. La primera vez realmente importante fue cuando estaba en mi último año de universidad. Le estaba pidiendo al Señor que me mostrara su voluntad en cuanto a una situación que podría afectar significativamente mi futuro. Noche tras noche oraba fielmente y leía la Biblia. Pero no recibía respuesta. Una noche, desesperado, reuní a un grupo de amigos para que oraran conmigo hasta la mañana del día siguiente. Y finalmente, en su tiempo perfecto, Dios me dio su clara respuesta.

¿Por qué Dios guarda silencio?

Los tiempos de silencio son, por lo general, el medio que Dios utiliza para hacer algo más grande. Pensemos en la historia de Lázaro. El Señor se demoró por una buena razón: en vez de sanar una enfermedad, su plan era resucitar a su amigo. De esa manera, Él cumplió la voluntad de su Padre y lo glorificó (vv. 11-15). Ese incidente convenció a muchos judíos de que Jesús era el Mesías (vv. 41-45). El silencio de Dios nunca es accidental o indiferente. Cada vez que Él está en silencio, es por una buena razón. Podría ser porque…

No estamos preparados para escuchar.

Algunas veces, el problema no es el silencio de Dios, sino nuestra incapacidad de escuchar. Si estamos atrapados por las cosas de este mundo, nuestros oídos no tienen la capacidad de escuchar aquello que Dios está tratando de decirnos.

El pecado no confesado bloquea nuestra comunicación con Dios.

Isaías 59.2 dice: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. No podemos esperar escuchar al Señor si estamos apagando su Espíritu con actitudes y conductas que Él prohíbe. Hasta que confesemos y enfrentemos nuestro pecado, no seremos capaces de escuchar nada de Él, que no sea su fallo condenatorio.

Él quiere tener nuestra atención.

Muchos cristianos ponen límites a su relación con el Señor. Para ellos, Él es un Dios distante en el cielo cuyo trabajo es simplemente escuchar las peticiones y enviar las respuestas. Cuando hay una necesidad urgente se vuelven muy activos en la oración, pero cuando todo está yendo bien, no tienen tiempo para Él. Esa no es la clase de relación que el Señor desea tener con nosotros. En vez de venir con una lista de peticiones, Él quiere que nos deleitemos en su compañía. Es por eso que a veces aplaza su respuesta. Está tratando de captar nuestra atención, y de llevarnos a tener una relación más estrecha con Él.

El Señor está tratando de enseñarnos a confiar en Él.

¿Puede usted confiar en Dios aunque Él no le responda? El silencio del Señor no significa que esté inactivo o que le esté ignorando. Aunque usted no pueda percibir el resultado o sentir su presencia, estamos llamados a vivir por fe, no por sentimientos o por vista (2 Co 5.7). Lo importante no es lo que veamos o sintamos, sino lo que Dios ha prometido: “Jehová cumplirá su propósito en mí; tu misericordia, oh Jehová, es para siempre” (Sal 138.8).

Dios está utilizando el silencio para madurarnos.

La falta de madurez se caracteriza por la incapacidad de esperar. Cualquier madre de un recién nacido puede dar fe de esto: si el bebé tiene hambre, no habrá paz hasta que le dé de comer. Lamentablemente, así es como algunos cristianos se comportan —y cuando más urgente crean ellos que es la necesidad, más exigentes se volverán. No obstante, cuando nos ponemos exigentes con el Señor, estamos olvidando que Él es Dios, no nosotros. La capacidad de esperar con paciencia es una cualidad invalorable que nuestro Padre celestial desea desarrollar en todos nosotros.

Él quiere que perseveremos en la oración.

Jesús hizo hincapié en la importancia de la persistencia en la oración (Lc 11.5-13). A veces, cuando oramos, sentimos como si hubiera un muro entre Dios y nosotros, aunque andemos fielmente con Él. He descubierto que la manera de superar esta barrera es seguir orando. En las ocasiones en que no me dí por vencido, logré escuchar a Dios, o Él resolvió la situación de una manera que me aseguró su respuesta.

El Señor desea que aprendamos a distinguir su voz.

Cuando Dios guarda silencio, muchas veces tendemos a sentirnos tentados a confiar en nuestras propias soluciones, o a buscar el consejo de amigos. Pero ¿cómo podemos saber si esos consejos vienen del Señor? El momento para comenzar a reconocer la voz de Dios no es en el punto de la desesperación, sino durante una relación de toda una vida de comunicación íntima con Él. La clave es llegar a familiarizarnos tanto con su voz, que seamos capaces de discernir si es Él o no quien está hablando.

¿Cómo debemos responder al silencio de Dios?

Cuando el Señor no responde a sus oraciones, ¿cómo reacciona usted? Al comienzo, la mayoría de nosotros nos sentimos desilusionados y desconcertados, especialmente cuando hemos recibido una promesa por medio de la Biblia y Él no está haciendo lo que dijo. Si el silencio continúa, surgen las dudas y podemos caer fácilmente en el desánimo. Algunas personas se sienten culpables o atemorizadas, pensando que han hecho algo malo, y que el Señor las ha abandonado. Otros se enojan con Él.

Todas estas son reacciones naturales; sin embargo, hay una manera mejor de responder. La próxima vez que usted sienta que Dios no está respondiendo su oración, pruebe los siguientes pasos:

Pregúntele la razón. Esto le ayudará a entender mejor sus caminos.

Espere el momento de Dios. Él tiene sabiduría y conocimientos infinitos. Sabe exactamente qué hacer y cuando hacerlo.

Confíe en Él. Puede parecer que Dios está callado, pero eso no significa que no está involucrado. El Señor está interesado personalmente en los detalles, y tiene una solución a cada situación de acuerdo con sus buenos propósitos.

Espere tener una mejor relación con Él. Cuando respondemos a los tiempos de silencio del Señor con sumisión, confianza y paciencia, nuestra relación con Cristo se enriquece y profundiza.

Lea la Biblia. Si la voz de Dios es clara, leer su Palabra es indispensable para ir de la mano con Él. Es allí donde los pensamientos, los deseos y los caminos del Señor se revelan. Es simplemente su voz en forma escrita.

Siga orando. No deje de comunicarse con el Señor. Siga pidiendo, buscando y tocando (Mt 7.7-11), pero no se detenga allí. Siéntese en silencio con Él, y escuche (Sal 46.10).

El silencio de Dios no es para siempre. La respuesta vendrá en el tiempo que Él haya establecido. Y si usted espera en el Señor fielmente y con paciencia, descubrirá que su relación con Dios se habrá fortalecido por la experiencia. Habrá aprendido a sentarse con el Señor en medio del silencio, no dependiendo de lo que Él haga para animarle, sino simplemente para deleitarse en su presencia. Si usted hace de esto un hábito, la impaciencia y el enfado desaparecerán, y en su lugar encontrará la relación más maravillosa de todas.

¿Conoce usted a Dios?

Si usted siente que Dios está permaneciendo en silencio, quiero asegurarle que Él no lo está. Tal vez es porque usted no ha entablado una relación con Él. El pecado impide la comunicación con el Señor, pero si usted recibe a Jesucristo como su Salvador personal, todos sus pecados serán perdonados, y el Espíritu Santo vendrá a vivir dentro de usted como garantía de vida eterna (Ef 1.7, 13, 14). Puede utilizar esta oración o sus propias palabras:

Señor Jesús, creo que eres verdaderamente el Hijo de Dios. Confieso que he pecado contra ti en pensamiento, palabra y obra. Te ruego que perdones todos mis pecados, y que me permitas vivir en una relación contigo a partir de este momento. Te recibo como mi Salvador personal, aceptando la obra que realizaste a mi favor en la cruz. Ayúdame a tener una vida que sea agradable a ti. Amén.

Con mucho gusto le enviaremos nuestro material gratuito “Vida nueva en Cristo”, para ayudarle a dar el siguiente paso en su relación con Dios. Puede llamar al 800-303-0033 para más información.

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