Una obediencia lenta, artículo publicado en la revista de encontacto.org del mes de noviembre 2016


UNA OBEDIENCIA LENTA

Dios nos ha ordenado que perdonemos, pero, a veces, nos lleva tiempo hacerlo.

 
Voy a contarle una historia, no de cómo debieran haber sucedido las cosas, sino de cómo realmente sucedieron. También voy a contarle la forma en que respondí —otra vez, no cómo debiera haberlo hecho, sino como en realidad lo hice. En otras palabras, voy a contarle una historia que es cierta.

 

Me había mudado con mi familia de Arkansas a Colorado, donde comencé a trabajar en el pastorado de una iglesia junto a un buen amigo. Yo había estudiado en la universidad y en el seminario con él, y siempre habíamos hablado de la idea de trabajar juntos algún día. Pues bien, ese día llegó y ¡shazam! estábamos trabajando como copastores, compartiendo las funciones y las obligaciones que la mayoría de la gente espera que haga un hombre. Lo que descubrimos en poco tiempo era que el ministerio pastoral compartido funciona muy bien en los idealistas libros sobre el liderazgo, pero no tanto en el mundo real. La situación se volvió negativa, y exactamente un año después de comenzar mi trabajo en la iglesia renuncié. Estaba herido, mi amigo estaba herido, nuestras familias estaban heridas, la congregación estaba herida, y es muy posible que Dios también haya derramado unas cuantas lágrimas.

Estaba herido, mi amigo estaba herido, nuestras familias estaban heridas, la congregación estaba herida, y es muy posible que Dios también haya derramado unas cuantas lágrimas.

Mientras estaba de pie delante de la congregación para marcharme, mi salida estuvo enmarcada por el lenguaje de que Dios me está guiando a otro lugar, que simplemente es una manera de decir Dios mío, ¿qué pasó y qué voy a hacer ahora? Salí de la iglesia, mi amigo se mantuvo en ella durante un tiempo, y no hubo ningún intento de mi parte de arreglar la situación. Sin duda, yo debí haber hecho algo, pero, a veces, cuando nuestra vanidad es golpeada, tanto nuestra carne como nuestro espíritu se refugian en un riguroso modo de supervivencia. Eso no es una excusa, sino una razón. Después de un breve tiempo, decidí permanecer en Colorado, mi amigo regresó a Arkansas, y el viejo principio de “ojos que no ven, corazón que no siente” entró en acción, creando una distancia entre nosotros, tanto en sentido figurado como literal.

Durante casi diez años no hubo nada de comunicación entre nosotros. Absolutamente nada. Oraba por él de vez en cuando, sinceramente, pidiéndole a Dios que bendijera a su familia; y pensaba en contactarlo, llamarlo, escribirle, en fin, hacer algo para tratar de hacer las paces. Pero, a veces, es más fácil saber lo correcto, que hacerlo. Esto nos hace pensar en la cosa absurda sobre la que Pablo escribió en Romanos 7, ¿no es verdad?

Estar de regreso en Arkansas un Día de Acción de Gracias, me hizo pensar en mi amigo olvidado. (Al hacerlo, estoy seguro de que Jesús estaba diciéndome: Bueno, John, ya ha transcurrido una década. No vaciles o la convertiré en dos). El divino Aguijoneador me estaba inquietando de una manera difícil de describir pero imposible de negar. Volví al oeste con la decisión de ser obediente, aunque de una manera terriblemente lenta. Pude conseguir la dirección de correo electrónico de mi viejo amigo en Facebook, y le escribí una nota, sin esperar respuesta de su parte —solamente para hacer lo correcto por mi parte. Fueron solo dos breves palabras: “Lo siento”. En una década, esas dos palabras tan pequeñas, y que hieren nuestro orgullo, no habían salido de mis labios, ni una sola vez. Pero salieron ese día, en esa nota, y las dije en serio. Usted podría preguntar: Pero, ¿qué del mandamiento de ser prestos para perdonar? Estoy consciente de eso. Todo lo que puedo decir es que Dios fue paciente con el testarudo que yo soy, porque Él no quería que me quedara atascado espiritualmente para siempre. En cierto sentido, sí, había dado largas al asunto durante muchos años. En otro sentido, tal vez me tomó tanto tiempo para poder decir con sinceridad esas dos palabras. Es posible. No estoy seguro.

Me encantaría poder decir que hicimos planes de inmediato para rencontrarnos y que nos reconciliamos en un restaurante, mientras que una amable camarera mantenía llenas de café nuestras tazas, al tiempo que se escuchaba la melodía de una hermosa canción que hablaba de lo dulce de la reconciliación. Pero no puedo decirlo, porque eso no sucedió. Lo que puedo decirle es que mi alejado amigo respondió amablemente, y nos hemos enviado unas pocas notas desde entonces, cada vez menos breves, con la esperanza de tender un puente a la distancia y a los años. No sé si nuestra amistad volverá a ser lo que fue una vez. No lo sé. Pero sí sé algo: Que, por ahora, hay algo donde —por una década— no hubo nada.

Pienso a menudo en algunas demostraciones nuestras de perdón y reconciliación. ¿Son esas demostraciones algunas veces exageradas y prematuras?

No deseo dar la impresión de que podemos tomarnos un nuestro tiempo cuando se trata de pedir perdón. Si tuviera que hacerlo todo de nuevo, sí, lo habría hecho antes. Recuerde esto, por favor: Al pensar en lo sucedido, lamento haber dejado transcurrir una década, lo cual es muy vergonzoso. Pero, al mismo tiempo, pienso a menudo en algunas demostraciones nuestras de perdón y reconciliación. ¿Son esas demostraciones algunas veces exageradas y prematuras? ¿Son una especie de fachada detrás de la cual no hay nada sustancial? ¿Hay un período de días, semanas o años para que nuestro corazón pueda ponerse al día con nuestra mente, y entonces —y solo entonces— ser capaces de pedir perdón desde el fondo de nuestro ser?

Creo que un día no muy lejano veré el rostro de mi amigo —que, de alguna manera, nuestros caminos se cruzarán literalmente. En ese día que espero con ansiedad, tengo la intención de caminar hacía él con una sonrisa, con mis brazos extendidos y con mi mano abierta. Mi oración es que él también haga lo mismo, que ambos sonriamos y que estrechemos nuestras envejecidas manos como lo hacen dos viejos amigos cuando ha pasado mucho tiempo sin que se vean.

ILUSTRACIÓN POR KAROLIS STRAUTNIEKAS

Origen: Una obediencia lenta

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