¿Profetas o Poetas? | 1ra Parte por Ivan Reyes


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Digno de notar es el hecho de que los escritos de carácter poético, fueron redactados durante el periodo de esplendor del pueblo de Israel, particularmente en los días de los reyes David y Salomón. Fue en este tiempo, en el desarrollo histórico de Israel, que se escribieron la mayoría de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, exceptuando el libro de Job cuya redacción es mucho más temprana.

Lo notable de este periodo fue que Israel gozaba de su edad de oro. Manifestada, en lo político por la dirección de gobernantes sabios y de piadosa vida, en lo económico por su etapa más fructífera, llegando a expandirse geográficamente como nunca en su historia, en lo social por la justicia y la equidad, en lo moral por una conducta adecuada reflejada en un respeto por la ley de Dios, en términos generales. Todo ello como consecuencia de un “temor reverente” a Dios y su palabra.

Consecuentemente lo que el pueblo requería en ese periodo era algo que apelara a sus sentimientos de gratitud y adoración a Aquel de quien procedía toda buena dádiva y todo don perfecto, tal era el Señor Dios Todopoderoso. Por ello, la mayoría de los Salmos abunda en reconocimiento a la grandeza, bondad, misericordia y majestuosidad de Dios. Esto despertaba los sentimientos más profundos de gratitud y consiguiente anhelo de adoración al Señor por lo que Él era y hacía por los suyos.

En contraste, podemos apreciar que los libros proféticos, en términos generales (puesto que una gran parte de la Biblia abunda en alusiones proféticas), predominaron en los tiempos más difíciles de la vida de Israel. Este fue el periodo histórico comprendido entre la muerte de Salomón y el regreso del remanente del exilio babilónico. En esta etapa se puede apreciar un deterioro sustancial y permanente en la vida del pueblo de Israel.

Todo esto marcado en lo político por gobernantes mayormente necios e impíos, en lo económico por la pérdida de la mayoría de los logros de los reinados de David y Salomón, en lo social por la injusticia y el abuso y en lo moral por la perversión conductual. Todo como consecuencia de olvidar a Dios y su palabra mezclándose en un sincretismo nefasto con las naciones vecinas, teniendo como sello la más perversa idolatría. El profeta Isaías hace una cruda descripción de esta triste realidad:

“Oíd, cielos, y escucha, tierra, porque el Señor habla: Hijos crié y los hice crecer, mas ellos se han rebelado contra mí. El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento.

¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de iniquidad, generación[a] de malvados, hijos corrompidos! Han abandonado al Señor, han despreciado al Santo de Israel, se han apartado de Él. ¿Dónde más seréis castigados? ¿Continuaréis en rebelión?

Toda cabeza está enferma, y todo corazón desfallecido.  De la planta del pie a la cabeza no hay en él nada sano, sino golpes, verdugones y heridas recientes; no han sido curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.

Vuestra tierra está desolada, vuestras ciudades quemadas por el fuego, vuestro suelo lo devoran los extraños delante de vosotros, y es una desolación, como destruida por extraños.  Y la hija de Sion ha quedado como cobertizo en una viña, como choza en un pepinar, como ciudad sitiada.

Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado algunos sobrevivientes, seríamos como Sodoma, y semejantes a Gomorra.” (Is. 1:2-9)

En consecuencia, lo que el pueblo necesitaba entonces era profetas, no poetas. Hombres de Dios que hablaran en nombre de Dios a generaciones perversas y desenfrenadas exhortando al arrepentimiento genuino y a volverse a Dios con todo su corazón, o de lo contrario, el juicio de Dios caería sobre ellos. Esto es claramente apreciado en los ministerios de Isaías, Jeremías, Ezequiel y todos y cada uno de los profetas menores, antes, durante y después del exilio.

Estos hombres de Dios ponían de manifiesto la maldad del pueblo, su corazón impenitente, su formalismo religioso y sin vida y su evidente mundanalidad. No importaba si era un simple ciudadano o un rey el que practicaba el pecado, todos estaban bajo la ira de Dios.

Estos hombres eran escogidos por Dios para confrontar la maldad de su pueblo. Hombres que no buscaban la popularidad sino la fidelidad, hombres que estaban dispuestos a pagar el precio por proclamar la palabra de Dios a un pueblo que tenía comezón de escuchar a profetas mentirosos que los seducían con palabras lisonjeras y no a los verdaderos profetas de Dios.

La pregunta resultante de este análisis y su consiguiente aplicación al día de hoy es: ¿Actualmente, se necesitan poetas o profetas? Sin duda que la respuesta a esta pregunta está dada por la presente condición espiritual del pueblo de Dios, la iglesia descrita en términos generales.

En nuestra próxima entrada, revisaremos cuatro tendencias: exitismo, pragmatismo, relativismo y la sicologización de la iglesia; que reflejan como la realidad actual de la iglesia en nuestros días es bastante parecida al Israel del Antiguo Testamento donde fue necesario el envío de profetas que confrontaran al pueblo.

Fuente: Google

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