EL CAMINO HACIA LA MADUREZ por Ángel Bea


“Por lo mismo, esforzaos al máximo en añadir a vuestra fe, la honradez; a la honradez, el recto criterio; al recto criterio, el dominio de sí mismo; al dominio de sí mismo, la constancia; a la constancia, la piedad sincera; a la piedad sincera, el afecto fraterno, y al afecto fraterno amor…” (2ªP.1.5-7. Vers. La Palabra)

Es interesante notar la cantidad de cosas que se mencionan en esos tres brevísimos versículos. Al apóstol Pedro, que fue discípulo primero y luego apóstol, (“enviado del Señor”) se le quedó bien grabado en su corazón cuáles deberían ser las prioridades del creyente en Cristo Jesús y en las cuales debería ocuparse el resto de sus días.

Ese “ramillete” de características señaladas por el que fue un sencillo pescador en el mar de Galilea, no podía salir de alguien que no hubiese sido primero tratado, iluminado y transformado por el Maestro de maestros, que fue Jesús. De no haber sido por su encuentro con Él, los apóstoles hubieran seguido su vida, de acuerdo a la cosmovisión que cada uno tenía viviendo por y para sí, con el entendimiento que cada uno había recibido de su familia, su religión y la cultura que les envolvió desde su nacimiento. Igual que nosotros. Jamás se hubieran planteado ver la vida como el Señor se la mostró y, como consecuencia, buscar, conocer y hacer suyas todas esas cosas que aparecen en los tres versículos citados. Y de no haber sido por el Señor, a nosotros nos hubiera pasado lo mismo. (¡Pobre de mí!)

Pero una atención debida al texto señalado y a los versículos que le siguen, nos llevan a destacar tres cosas importantes:

LA PRIMERA es que cada una de las cosas mencionadas son aquellas que contribuyen a formar el carácter de hombres y mujeres, nunca mejor dicho, “como Dios manda”. Y eso es algo que no se consigue en pocos días. ¡Ni siquiera en pocos años!. Eso habla de perfección cristiana; de madurez. Eso es algo a lo cual el cristiano ha de dedicar toda su vida: ¿Fe? ¿honradez?, ¿recto criterio?; ¿dominio de sí mismo?, ¿piedad sincera?, ¿afecto fraternal?, ¿amor?… ¡Casi nada!. No, eso no es poca cosa. Estas cosas beneficiarán al que se ocupa de ellas, y su relación con Dios y con los demás.

LA SEGUNDA, es precisamente por lo que hemos dicho antes que el apóstol Pedro tiene la gran preocupación de que mientras él pudiese, haría todo lo posible por recordarles “todas estas cosas”; aunque ellos las sabían y estaban confirmados en ellas. (2ªP.1.12,15, con Fip.3.1)

La razón es porque si bien podemos disfrutar durante un tiempo de lo aprendido y experimentado de parte del Señor, de alguna manera en el pueblo de Dios somos muy dados a olvidar la bendición de haber conocido las verdades de Dios (V.9) y “buscar cosas nuevas”; bien sea modificando, añadiendo, quitando a la verdad que él nos ha revelado, o inventando otras. La historia del A. Testamento está llena de tales lecciones; y en el N. Testamento, las epístolas a los Gálatas y Hebreos, también.

De ahí el que hemos de ser “machacones” en esto mismo; no repitiendo como papagayos las cosas sabidas, sin que tengan efecto en nosotros sino profundizando en ellas, aportando algo más cada día y de cada cosa de las mencionadas, con la idea de ir avanzando en ese proceso hacia el perfeccionamiento.

LA TERCERA es que sólo así, nuestras vidas podrán llevar fruto que agrada a Dios. La madurez y la perfección han sido el deseo de muchos seres humanos a los largo de la historia: filósofos, sabios, pensadores, religiosos, etc., la han buscado con verdadero deseo. Pero muchos de ellos no han tenido la revelación y la luz consecuente para, mediante su aprovechamiento, conseguir lo que buscaban. Es por esa razón que, habiendo tenido el privilegio de conocer al Señor Jesús por medio de las Escrituras, no deberíamos tener en poco la luz recibida. Porque si nuestros comienzos en el Señor fueron de impresionante gozo y alegría, nuestro final será mucho mayor; tanto que ni siquiera podemos imaginar. Pero si nos olvidamos de “estas cosas”, tampoco podemos imaginar la gran pérdida… (Heb.2.1-4)

De ahí, que el apóstol añadiera a la lista mencionada, las siguientes palabras:

“Pero si estas cosas están en vosotros y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2ªP.1.8)
Amén

Fuente: Unidos contra la Apostasía

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