¿Cuáles son las palabras corrompidas de las que Pablo nos advierte en Ef. 4:29? Por Sugel Michelén


Como vimos en una entrada anterior, en Efesios 4:29 Pablo nos exhorta a erradicar de nuestras vidas todos aquellos pecados que podemos cometer con nuestro hablar: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. Creo que si los cristianos pusieran más atención a estas palabras, las iglesias se evitarían muchos problemas.

Ahora bien, ¿a qué se refiere Pablo al hablar de “palabras corrompidas”? ¿Qué tipo de conversaciones caben en esta categoría? He aquí algunas.

En primer lugar, las conversaciones obscenas y vulgares. Un poco más adelante Pablo escribe en esta misma carta: “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos, ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien, acciones de gracias” (Ef. 5:3-4).

Eso no significa que no se discuta acerca del sexo, o que no se hable de los peligros que corren los que se exponen a pecados de inmoralidad, porque eso es precisamente lo que él está haciendo aquí. Lo que Pablo nos advierte en el texto es que debemos mantenernos alejados de estos pecados en todas sus formas y manifestaciones. Nuestros corazones pecaminosos son altamente inflamables; no podemos pasar cerca del fuego sin sufrir algún tipo de consecuencia. Eso es imposible.

¿Cuál es el antídoto? Mantente alejado, punto. Aquí no valen años en la fe, ni mucho conocimiento bíblico; la única táctica segura es la de José: sal corriendo, no te acerques, no te expongas; “estas cosas ni aun se nombren”, dice Pablo. Y unos versículos más adelante nos dice que es vergonzoso “aun hablar de lo que ellos hacen en secreto” (vers. 12).

Pero Pablo menciona también las “palabras deshonestas”; y esta expresión era usada en aquellos días para referirse a un lenguaje vergonzoso, obsceno, indecente. Incluye todo tipo de cosa que debería avergonzar a un verdadero hijo de Dios.

Luego Pablo menciona las “necedades”, y esa palabra abarca toda conversación ociosa que no conduce a nada. Podemos traducirla literalmente “hablar sandeces”.
MacArthur la define como el tipo de conversación que solo satisface a una persona intelectualmente deficiente. El problema con hablar sandeces es que muchas veces conduce a tópicos indecentes, o a comentarios que de una forma u otra alimentan la carnalidad o minan la reputación de otros.

Y finalmente Pablo menciona las “truhanerías”. Esta es una palabra difícil de traducir adecuadamente. La Biblia de las Américas la traduce como “groserías”, y en la Nueva Versión Internacional como “chistes groseros”. Literalmente significa “algo que cambia fácilmente”, versatilidad; hace referencia a una persona ingeniosa, vivaz, alguien que puede responder con agudeza y rapidez.

Pero cuando se usaba en tono negativo, como es el caso aquí, entonces se refiere a esa clase de individuo que fácilmente puede traer en medio de cualquier conversación, por más seria que sea, un chiste vulgar o subido de color. Este tipo de persona siempre tiene una anécdota chistosa que contar, un comentario que hacer, pero usualmente relacionados con cosas indecentes. De ahí que la palabra llegara a significar “agudeza para contar chistes vulgares o groseros”.

Ahora, debemos recalcar que Pablo no está prohibiendo aquí que se cuenten chistes o que se posea un buen sentido del humor. Como bien señala un comentarista: “Él no nos llama a tener caras largas, a ser personas lúgubres que no se atreven a decir nada que evoque una risa inocente… Pero hay ciertas cosas con las cuales los cristianos no deben nunca bromear – algunas porque son muy sagradas, y otras porque son indecentes”.

No es necesario ser un indecente y un grosero para tener algo con lo cual reírnos. Ese tipo de hablar es pecaminoso y no es consecuente con nuestra profesión de fe. Por eso Pablo recalca una vez más que estas cosas “no convienen” (vers. 4). Esas palabras no se quedan en meras palabras, sino que contaminan el corazón, corrompen el alma, endurecen la conciencia.

Cuando nos acostumbramos a tomar a chiste cosas que son indecentes y groseras, llegará el momento en que no veremos tan mal el pecado en sí del que estamos bromeando; perderemos de vista la perspectiva que tiene de Dios sobre estas cosas.

Las personas que me conocen saben que no tengo problema alguno con la risa, y que aprecio enormemente el buen sentido del humor. Dice en Pr. 15:13 que “el corazón alegre hermosea el rostro”. La alegría nos provee un buen semblante. Pero la Biblia dice también en 1Cor. 13:6 que “el amor no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad”.

Pero las palabras corrompidas incluyen también expresiones verbales producidas por la amargura del corazón. Noten lo que Pablo sigue diciendo en este pasaje a los Efesios: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef. 4:31). Pablo conecta la amargura con el lenguaje ofensivo.

Cuando dejamos que la amargura nos controle, difícilmente podremos controlar la lengua. El próximo paso será querer que el otro pague por lo que ha hecho. Y qué mejor arma que la lengua. Esa es una de las razones por las que debemos solucionar nuestros problemas con rapidez (comp. Ef. 4:26-27).

El enojo no resuelto produce grietas que el diablo aprovecha para introducir en nosotros sus insinuaciones pecaminosas: ya sea herir al otro con nuestras palabras o encargarnos de que otros se enteren de lo que han hecho.

Y eso nos lleva de la mano a una de las categorías más comunes de palabras corrompidas: el chisme. Pero dado que se trata de un pecado tan común, aún entre personas que profesan ser cristianas, prefiero tratarlo aparte en otra entrada.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia

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