¿QUÉ HARÍA JUDAS? Por Marshall Segal


El miércoles es cuando se planta la semilla suicida de la Semana Santa: la traición.

Antes de que exista un jardín, debe haber una semilla: el principio de la insurrección. Jesús pagó victoriosamente por nuestra redención con su sangre, pero su sangre fue sanguinariamente comprada con dinero. El Salvador prometido fue vendido por sólo treinta piezas de plata.

Jesús le había enseñado a sus discípulos (dentro de los cuales se encontraba quien lo iba a traicionar) lo siguiente: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas» (Mt 6:24). Nadie. Ni Judas ni tú ni yo.

El amor al dinero asesinó a Jesús
Los fariseos amaban el dinero (Lc 16:14), temían al hombre (Mt 26:5) y odiaban a Jesús (Mt 26:4). Este patrón podría desarrollarse ante a ustedes más de lo que creen.

El amor al dinero, a menudo, se ve como algo simplemente práctico; el temor al hombre puede esconderse detrás de máscaras. Sin embargo, la Biblia es clara: si aman las riquezas y temen al hombre, no pueden amar a Dios o escapar del infierno (Lc 16:13; Jn 5:44); además, se convierten en miembros oficiales de la multitud que crucificó al autor de la vida (Hch 3:15). La cruz, la horrible tragedia de odio, fue sólo un síntoma del anhelo de los fariseos por el dinero, la aprobación y el poder. Era como si hubiesen comprado un cartel para publicitar su amor por el dinero y lo hubiesen puesto en un cerro para que todos lo vieran.

No obstante, ellos nunca hubiesen hecho algo tan obvio. ¿Qué diría la gente? Ellos «temían al pueblo» (Lc 22:2). Es más, el amor del pueblo por Jesús era parte de la razón por la que los líderes religiosos lo odiaban tanto. Las autoridades eran cobardes con anhelos. Tenían que encontrar discretamente la forma de matarlo (Mt 26:3-5). Tenían que encontrar la forma de asesinar a un hombre inocente sin perder el respeto o la influencia que tenían sobre el pueblo.

En primer lugar, ellos necesitaban un infiltrado (alguien lo suficientemente cercano a Jesús, pero lo suficientemente lejano para traicionarlo). En otras palabras, necesitaban un perpetrador que pasara desapercibido.

«Uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes. —¿Cuánto me dan, y yo les entrego a Jesús?— les propuso. Decidieron pagarle treinta monedas de plata» (Mt 26:14-15). «Ellos se alegraron al oírlo, y prometieron darle dinero…» (Mr 14:11). Encontraron al hombre que buscaban, alguien que amara las riquezas tanto como ellos, alguien que estaba dispuesto a ofender y a marginar incluso a sus amigos más cercanos por un día de paga. El mercado se había abierto contra el Mesías y Judas estaba ahí para lucrar con él.

Como escribe Randy Alcorn, «Satanás obra bajo la suposición de que cada persona tiene un precio. Muchas veces, lamentablemente, tiene razón. Muchas personas están dispuestas a rendirse a sí mismas y a sus principios ante cualquier dios que les dé las mayores ganancias en el corto plazo» (Money, Possessions, and Eternity [El dinero, las posesiones y la eternidad] 41).

Judas vendió al Salvador tan sólo por treinta monedas de plata (Mt 26:15).

El amor al dinero les da un nombre
Si aman las riquezas (es decir, valoran por sobre todas las cosas el dinero y lo que éste puede comprar) no pueden amar a Dios. Es más, lo odiarán, tal vez en silencio o en privado e hipócritamente, pero lo odiarán. Ese odio los marcará y los seguirá a todas partes. Ese tipo de rechazo y traición ante lo divino le da un nuevo nombre a una persona y la define.

Por ejemplo, miren cómo los Evangelios describen a Judas, [énfasis del autor]:

  • «… Simón el Zelote y Judas Iscariote, el que lo traicionó» (Mt 10:4).
  • «—¿Acaso seré yo, Rabí?— le dijo Judas, el que lo iba a traicionar. —Tú lo has dicho— le contestó Jesús» (Mt 26:25).
  • «… y Judas Iscariote, el que lo traicionó» (Mr 3:19).
  • «… Judas hijo de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor» (Lc 6:16).
  • «Judas Iscariote, que era uno de sus discípulos y que más tarde lo traicionaría, objetó» (Jn 12:4).
  • «Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote, uno de los doce, que iba a traicionarlo» (Jn 6:71).
  • «Judas, el traidor, estaba con ellos» (Jn 18:5).

En vez de ser un discípulo fiel que guiaba a las personas a seguir a Jesús, él «…sirvió de guía a los que arrestaron a Jesús» (Hch 1:16).

¿Cuál es el testimonio de sus vidas (de sus gastos y de su generosidad)? ¿Es claro para otros que usan lo que Dios les ha dado para guiar a otros a su Hijo o es evidente que se han rendido ante los dioses de lo material y alejan a las personas de Jesús?

¿Fueron una guía para que los ciegos pudieran ver o los guiaron a la muerte?

El amor al dinero lleva al remordimiento
El plan de Judas no funcionó muy bien para él. «Cuando Judas, el que lo había traicionado, vio que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos» (Mt 27:3). Ahogado en la vergüenza, exigía un reembolso. Al verse confrontado con el horror de su transferencia, el dinero había perdido su encanto. ¿¡Qué he hecho!? ¡Qué horrible negocio he hecho! ¡Tomen todo, se los devuelvo, y denme a Jesús!

No había vuelta atrás para Judas; no existía una política de devolución frente este rechazo. Él se suicidó en las olas abrumadoras del lamento y del remordimiento (Mt 27:5).

Sin embargo, para ustedes sí hay vuelta atrás. Lucas cita a Jesús para advertirnos sobre la codicia hoy, «¡tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes» (Lc 12:15). Cuando la vida comienza a parecer una larga misión para generar más dinero, alguien les está mintiendo. Despierten y devuelvan la plata antes de que ésta los crucifique.

John Piper escribe, «cuando estés muriendo… el dinero se alejará de ti; te abandonará. No irá contigo para ayudarte tampoco lo hará nada de lo que hayas comprado» (Money, sex, and power [Dinero, sexo y poder], 65). Más adelante, nuevamente, dice, «[el amor por las riquezas] reemplaza con un dólar lo divino» (71).

El amor por el dinero lleva al remordimiento y a la pérdida.

Rechacen a Judas, reciban gozo
Pregúntense a ustedes mismos qué haría Judas en sus situaciones. ¿Cómo se sentiría acerca de sus ingresos actuales, sus hábitos de compra y sus ahorros para la jubilación? ¿Qué tan intranquilo estaría él respecto a lo generosos que son? ¿Sus presupuestos comienzan a verse como el de él, sólo que dos mil años después?

Rehúsense a seguir a Judas en su traición y rechacen todas esas promesas que hace el dinero para tomar el lugar de Dios en sus vidas. Encuentren su seguridad y satisfacción en algo sobrenatural, eterno y libre.

Piper continúa con su argumento, y reflexiona en lo que Pablo dice en Filipenses 4:11-13:

[En términos modernos] cuando la bolsa de valores sube o cuando él [Pablo] obtiene un bono, dice, Jesús es más precioso, valioso y satisfactorio para mí que mi capital en aumento. Cuando la bolsa de valores baja o cuando él enfrenta un recorte salarial, dice, Jesús es más precioso, valioso y satisfactorio para mí que todo lo que he perdido. La gloria, la belleza, el valor y la preciosura de Cristo es el secreto del contentamiento que evita que el dinero lo controle (Money, Sex, and Power [Dinero, sexo y poder], 65).

Cuando nuestro gozo ya no está en nuestras riquezas, sino que en Dios… nuestro dinero se convierte en la extensión visible del gozo en Dios, dirigido a otros… Atesorar a Dios sobre todas las cosas convierte al dinero en la moneda de adoración y de amor. (Money, Sex, and Power [Dinero, sexo y poder], 123).

En vez de rendirnos ante nuestros anhelos por más, demos todo de nosotros, cada centavo, para decirle al mundo que Dios es nuestro tesoro —ahora mismo, más adelante cuando nos jubilemos y para siempre en la eternidad—. Gastemos lo que sea necesario para traer a otros al gozo y a la seguridad que tenemos.


 

Marshall Segal © 2016 Desiring God Foundation.

Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso.
Traducción: María José Ojeda
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