Una guía del Evangelio a través del Dolor por Abe Meysenburg


¿Cómo sufrir?

Evidentemente, es importante el cómo sufrimos. Pablo menciona un dolor piadoso y una aflicción mundana (2 Corintios 7:10). Los creyentes no se deben entristecer “como los otros que no tienen esperanza.” (1 Tesalonicenses 4:13). El luto y el Evangelio* es una invitación abierta para alinear nuestros corazones con el corazón de Dios a través de la aflicción del pecado.

El Evangelio nos dice que el pecado contrista a Dios, por lo que nos debe entristecer a nosotros también (el pecado cometido por nosotros, el pecado cometido contra nosotros y los varios efectos de pecado). También nos dice que puesto que Jesús es un hombre de dolores y familiarizado con el dolor, no estamos solos en nuestro dolor.

Pero, ¿cómo debemos sufrir? Y lo más importante, ¿qué debe producir en nosotros el dolor? Mientras que los científicos sociales continúan debatiendo los méritos de varios acercamientos al dolor, el evangelio muestra una más que suficiente guía para atravesar el proceso de duelo.

De acuerdo con el dolor del Padre

El Evangelio comienza con Dios, por lo tanto el duelo (junto con todo lo demás en la vida) debe comenzar con Dios. Recuerda que el pecado aflige a Dios, por lo que nos debe entristecer también (Efesios 4:30). Si estás afligido por el pecado que cometiste hoy, el pecado cometido contra ti hace veinte años, o los efectos del pecado cometido por Adán en la caída, creo que es importante escuchar al Espíritu afirmar lo que sabemos que es verdad según las escrituras.

Pidamos al Padre que hable a través del Espíritu con respecto a cada situación particular. No hay suficiente espacio aquí para hacer un resumen completo sobre la doctrina del Espíritu Santo, pero hay que tener en cuenta que el Espíritu es enviado por el Padre en el nombre de Jesús (Juan 14:26). El Espíritu procede del padre (Juan 15:26); y el Espíritu nos conduce a la verdad de nuestra adopción como hijos de Dios, por el cual podemos clamar, “¡Abba! Padre!” Todo esto suma al hecho de que el Espíritu revela el corazón del Padre a nosotros. Cuando le preguntamos al Padre cómo se siente acerca del pecado, su respuesta siempre va a incluir un, “esto me entristece.” Después de escuchar esto (o al menos ser recordado en Efesios 4:30), podemos llorar libremente con Él. La palabra griega que se traduce como “confesar” en 1 Juan 1:9 significa “decir lo mismo que otro; estar acuerdo con”.

Enterrar nuestras emociones bajo una pila de autoprotección es una forma común de lidiar con el dolor. Pero el Evangelio nos invita a un enfoque mucho más honesto. El simplemente estar de acuerdo con Dios acerca de la naturaleza grave del pecado es liberador para muchos. Diciendo: “ese pecado cometido por mí, y el pecado cometido contra mí, me entristece, me rompe el corazón. Esta no es la manera en la que Dios diseñó el mundo para funcionar.”

Este es el comienzo de confesar nuestros pecados. Después iremos aceptando los siguientes pensamientos del Padre con respecto al pecado, que no es conforme a su santidad, y que con el cual se debe lidiar. Este es el camino hacia el perdón prometido en 1°Juan 1:9.

Después simplemente de estar de acuerdo con Dios acerca de la grave naturaleza del pecado, creo que el Evangelio nos lleva a derramar nuestros corazones a Él. Otra vez, nuestro dolor debe ser enfocado hacia Dios, o se convertirá en una oportunidad para la auto-conmiseración. En 1 Pedro 5:5-7 leemos: “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”

Fijarse únicamente en las circunstancias difíciles de la vida, pasadas o presentes, es impulsado por el orgullo. Efectivamente, estamos echando nuestras preocupaciones sobre nosotros mismos. Confiar en Dios requiere humildad, un reconocimiento de que la vida no es sobre nosotros en última instancia, sino que es acerca de Él y Su Gloria. Las tribulaciones de la vida pueden hacernos contar nuestras historias con los ojos apuntados hacia abajo, hacia nuestras manos ahuecadas, mirando nuestras circunstancias como si fueran un confuso montón de basura. Es una línea con dos puntos fijos, entre nosotros y nuestro montón de cosas.

El reto es llevar con humildad ese montón de cosas al Padre, para que sostenga tus manos ahuecadas y levante tu cabeza, no mirando las circunstancias sino a aquel que es Soberano sobre ellas y está presente en medio de ellas. La línea se convierte en un triángulo con tres puntos, nosotros, nuestro montón de cosas y nuestro Padre perfecto.

Aprender de los Salmos de angustia.

Muchos de los Salmos de David son un ejemplo apasionante de alguien derramando su corazón a Dios, reconociendo el carácter penoso de sus circunstancias, pero haciéndolo de una manera que mantiene a Dios en el centro.

Escucha las palabras del Salmo 22, que pinta una vívida imagen de un hombre que está soportando el sufrimiento extremo:

  • “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. “.
  • “Todos los que me ven me escarnecen.”
  • “He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera,          Derritiéndose en medio de mis entrañas. “.
  • “Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y              mis pies. Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. “.

David ha sido oprimido, victimizado, abusado y maltratado. No sé los detalles exactos detrás de algunas de las referencias de David, pero está claro que han pecado contra él de una manera tremenda.

¿Pero, cómo él estructura su lamento? ¿Dónde están sus manos ahuecadas?

Salmo 22 comienza esta manera:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; Y de noche, y no hay para mí reposo. Pero tú eres santo, Tú que habitas entre las alabanzas de Israel.”.

Y esto dice cerca del final:

“Le diré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré: Que teme a Jehová, Alabadle.
Todo lo que los hijos de Jacob, glorificarlo, y en el temor de él, todo lo que los hijos de Israel!”

En todos los Salmos de lamentación de David (que también podríamos llamar Salmos de dolor), sigue este mismo patrón:

  1. Él fija a su mirada en Dios, afirmando su soberanía y presencia;
  2. Él derrama su corazón a Dios sin reservas (“Esto es terrible! Esto me entristece!”);
  3. Entonces él reafirma su gran fe en Dios y su determinación para adorarle sin importa qué.

Tu oración puede sonar algo como esto:

“¡Dios, sé que estás aquí! Sé que eres poderoso y estás presente. Sé que siempre has estado presente. Sabes lo que hice ayer, y sabes lo que me sucedió hace años, y ¡eso me entristece! ¡Sé que te entristece a ti también! Cuando fui maltratado y abusado, cuando las personas se burlaban de mí y me dolía, cuando pequé sexualmente y pronuncie palabras hirientes a los demás, estabas allí y te contristé. Y fue terrible. Lo odiaba. Me hizo querer morir. Pero sé que estuviste allí, y sé que estás en control y sé que realmente te importa. Estoy en dolor, y aun así elijo adorarte. Sana mi corazón roto”.

Abrazar el Evangelio del dolor

Todo esto nos debería recordar a Jesús (salvo la parte sobre la confesión de pecado).  Mateo hace al menos cuatro referencias al Salmo 22 (27:35, 27:39, 27:43, 27.46) nos proporciona otro ejemplo claro de cómo debemos lamentarnos de aún el más injusto sufrimiento que podemos soportar.

Según el Evangelio, pena no es introspección mórbida. El Evangelio del dolor es aceptar la invitación a derramar tu corazón a tu Padre perfecto en el cielo.

Uno de los versos más mal usados en la Biblia es Romanos 8:28.

“Y sabemos que para aquellos que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien, para aquellos que son llamados conforme a su propósito”.

A menudo, este versículo es citado cuando las personas están experimentando grandes dificultades. La idea es que Dios está planeando algo, que Él está en control y que va a traer algo bueno de este lío. Mientras que esto es cierto, no es útil enviar una persona en sufrimiento a una persecución sin sentido por algún “bien” que puede venir de sus circunstancias tan terribles. Debemos tener el verso 29 para hacer sentido del versículo 28:

“Para aquellos que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformados a la imagen de su hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”

Ahora ya sabemos que el “bien” es que Dios está siempre trabajando en las vidas de sus hijos adoptados. Él está siempre, a través de circunstancias buenas y malas, a través de bendición y juicio, conformándonos a la imagen de su hijo. Ese es el plan que ha decidido lograr en nuestras vidas antes del principio de los tiempos. Y en su asombroso poder y soberanía, saca algo “bueno” del lío. De alguna manera, Él utiliza el pecado para llevar a cabo este trabajo transformador. Nunca entenderemos la manera en que Él logra esto, pero he experimentado su obra transformadora más poderosamente en medio del pecado y de juicio.

Así que ¿qué tiene que ver esto con el duelo? El duelo alimentado por el evangelio cierra un círculo completo cuando podemos afirmar, como José, ” Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien”. El pecado nunca es la primera opción de Dios. El pecado es simplemente malo en su totalidad. Cuando las personas pecan contra nosotros, de alguna manera hay un plan para nuestra destrucción que está llevándose a cabo. Pero el plan de Dios triunfa sobre ese plan y realmente utiliza el pecado, cometido por nosotros y contra nosotros, para llevar a cabo un plan mayor de dar vida. Su abusador lo había pensado para mal, pero Dios lo pensó para bien.

Aceptar esta realidad, reconociendo el bien y el trabajo de transformación para ser como Cristo que se ha logrado en su vida como consecuencia directa de decisiones pecaminosas por usted mismo y otros, es una parte esencial del luto. Sólo entonces vemos que nuestro dolor puede realmente ser redimido — “comprado” para cumplir con los propósitos de Dios.

Jesús ha tomado los momentos más dolorosos de nuestra vida, pagando la pena por el pecado que los causó y redimió esos momentos para sus propósitos. “Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…” (Isaías 53:4).

ARTICULO POR: ABE MEYSENBURG | TRADUCIDO POR: PRISCILA ACUÑA

Fuente: Coalición de consejería bíblica

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