NUESTRO “ESPÍRITU GUÍA” por Ángel Bea


“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho.” “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad y os hará saber todas las cosas que habrán de venir” (S. Juan 14.26; 16.13)

Hace unos 35 años, visitamos a un niño de unos 7/8 años con un tumor en el cerebro. Se le había formado un gran bulto en lo alto de la cabeza, del tamaño del puño de una mano mediana. Los médicos lo habían desahuciado y enviado a casa para que pudiera estar con la familia y despedirle en paz. El niño murió al cabo de unos tres meses.

Unos 18 años después, una chica de nuestra congregación estaba dando clases al hijo de una mujer. Salió el tema de la fe y la mujer le contó que ella había adoptado como “espíritu guía” al espíritu de un hermanito suyo que murió con 8 años. Ese espíritu era el que la dirigía, la guiaba y la guardaba en todo en su vida. Se veía muy segura en la forma de vida que ella había adoptado. Cuando la hermana de nuestra iglesia me contó aquello, me acordé de aquel niño que murió hacía tanto tiempo y le dije que preguntara por detalles. Así resultó ser el  mismo niño que habíamos visitado, hacía tanto tiempo.

Por otra parte, no es la primera vez que, asistiendo a un funeral católico he escuchado al sacerdote oficiante, el afirmar que “está bien hablar con los difuntos; yo lo hago con los míos”. Ciertamente, oír esa afirmación de parte de alguien que dice ser cristiano y además,  representar a Dios ante los fieles que le escuchan, es algo que me causó cierta tristeza; no sólo por él sino también por los que le escuchan, muchos de los cuales sin duda, buscarán imitarle.

Esa práctica de tener “relación” con los espíritus de los muertos no es nueva, sino bien antigua. Ya se practicaba en la antigüedad en la mayoría de las religiones paganas. Pero en el judaísmo estaba totalmente prohibida con este mandamiento: “No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, si sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni mago, ni quien consulte a los muertos” (Det. 18.10)

Casi todas esas prácticas, excepto la de “pasar a su hijo o hija por el fuego”, que hace referencia  a los sacrificios humanos (aunque hay otras formas de “sacrificar” a los hijos) se practican en una sociedad moderna como es la de occidente. Pero, además de las otras, la práctica  de “consultar (o relacionarse) a los  muertos” era algo que los primeros cristianos tenían asumido que estaba totalmente prohibida; y, mucho más con la nueva y definitiva revelación recibida a través del Señor Jesucristo.

Esa práctica jamás  hubiera encontrado lugar en la Iglesia primitiva, de los tres primeros siglos. Fue a partir del siglo IV que se fue introduciendo, en la medida que la iglesia se apartaba de su punto de referencia que era el Señor Jesucristo y las Sagradas Escrituras que nos informan puntualmente de él. Así, el paganismo entró en masa a la iglesia –que no al reino- por medio del bautismo, pero sin una verdadera conversión y sin la debida instrucción cristiana que, poco a poco, mucho de lo dejado atrás del paganismo tuvo que “recuperarse”; pero en vez de usar las divinidades de las mitologías paganas, se usaban los “santos/as difuntos”, las vírgenes, los distintos “cristos” y aún los ángeles y arcángeles. Todo eso se llegó a “cristianizar” formando parte del “paisaje” de los pueblos donde fue aceptado ese tipo de cristianismo, que no lo es, en su esencia. Pero así se vino a llenar el vacío que tenían  los paganos introducidos a la fe cristiana, pero sin esa fe. Así hasta el día de hoy.

Así que, si podemos hablar con y a los santos y a las vírgenes, ¿por qué no vamos a hacerlo con nuestros muertos tan queridos? Y cuando se comienza con un error, nunca se sabe dónde puede llevar, cuando no se tiene un punto de referencia que nos oriente. Al respecto, conocemos a gente que nos dicen que ellos han adoptado como “guía” para sus vidas el espíritu de un difunto familiar: una madre, un padre, un hermanito, etc.  Con él hablan, a él le piden consejo y le solicitan respuestas sobre su futuro, etc. Eso, cuando no asisten a sesiones espiritistas con la actuación de un médium.

Uno puede entender que las personas, sabiéndose limitadas e ignorantes acerca de las cosas esenciales de “esta vida”, sobre todo a la hora de tomar decisiones importantes, que estén llenas de dudas y  temores; y mucho más en cuanto al futuro que tanto sobrecoge a tantas personas. Entonces, ¿Quién mejor que alguien que ha traspasado la barrera de esta vida y ha pasado a la otra, nos podrá dar algunas certezas, respecto de las cosas de este mundo vistas desde afuera y con una mayor y mejor visión?. Así estas personas llegan a tener cierta “seguridad” y “confianza” respecto del camino que han de seguir. Pero eso forma parte del paganismo más antiguo. En la película de Gladiator se ve al protagonista con unos muñequitos, que representaban a sus familiares y antepasados. Él  se los ponía delante y oraba a los espíritus de ellos, para que le guardaran en todo. Eso es lo mismo que esto que comentamos.

Sin embargo, eso nada tiene que ver con el cristianismo. El cristianismo se basa en la persona y obra de Jesucristo. El era y es la máxima revelación de Dios. (J.1.1-18; Hebreos 1.1-3). De ahí la importancia de conocerle a Él como Señor y Salvador personal; recibir su Palabra y aquellas instrucciones, por medio de las cuales podemos ser liberados de todo temor y llenos de la paz que viene, no de ningún “espíritu guía”, sino de Dios mismo, a través de su Hijo, ¡el único Mediador entre Dios y los hombres! (1ªTi.2.5). Pero esto jamás podrá suceder a menos que nos reconozcamos pecadores perdidos por los cuales Jesús, el Hijo de Dios murió y resucitó. Así, una vez que le conocemos y le aceptamos, Él hace que pasemos de ser criaturas de Dios a ser “hechos hijos de Dios” con todos los privilegios que él nos concede (J.1.12-13). Pero en ese proceso, se queda fuera todo “lo viejo” y “engañoso” y todo cuanto no esté de acuerdo, con su Palabra.

Ahora bien, uno de los más grandes privilegios que Dios nos otorga a sus hijos, es el Espíritu Santo. No hay otro “espíritu guía” para el cristiano. De él dijo el Señor Jesús: “Él os enseñará todas las cosas… Él os guiará a toda la verdad” (J.14.26; 16.13) Y, desde luego, no beberá de ninguna fuente humana, por muy sabia, espiritual o mística que esta sea o parezca. El Espíritu glorificará/honrará al Señor Jesucristo, transmitiendo de su Palabra para nuestra enseñanza y guía.  Todos los demás “espíritus” que pudiéramos adoptar, son falsos y por tanto, terminantemente prohibidos para el cristiano. Además, si tenemos al Espíritu de Dios morando dentro de nosotros, no necesitamos de ningún otro “espíritu guía”.  (Se aconseja leer: Juan.7.37-39; 14.15-17,26; 15.26-27; 16.7-15; 1ºCo.2.12 con Hebreos 4.12-13)

Entonces, si realmente en la Biblia encontramos la Revelación de Dios para nosotros, y no nos cabe la menor duda de que lo es, no hemos de menospreciarla, dado que está en juego nuestra salvación y destino eterno.

Ángel Bea

Fuente: Unidos contra la Apostasía

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