Dios nos grita en nuestro dolor por Daniel Ritchie


Nací sin brazos.

Esa es la mejor forma de resumir mi historia. Inicié el sufrimiento al nacer; mi cuerpo físico es un letrero de mi dolor. Esto ha traído chistes burlones y crueles, miradas fijas, y la sensación constante de que no soy como cualquier persona que conozco.

Nunca he podido esconderme. Muchas personas pueden enterrar su dolor, pero mi angustia está escrita en mis dos mangas vacías. Esas mangas cuentan una historia sin que mi boca diga una palabra. Mi dolor casi me tragó. Pero Cristo me mostró cuánto más grande Él era que mis mangas vacías.

Solía pensar que nacer sin brazos era lo más horrible que podía pasarle a una persona. Pero Cristo me ha ayudado a decir que lo peor y lo más doloroso que me ha ocurrido, es también lo mejor que me ha pasado.

Estoy agradecido por mi dolor. Toda la frustración que ha venido con él ha cosechado una recompensa que nunca podría haber producido por mí mismo. Dios intervino y me sostuvo en mi debilidad, dejándome conocer su fuerza, gracia y amor de nuevas maneras. En mi dolor, Él ha magnificado muchos de sus atributos.

El megáfono de Dios

Siempre me ha llamado la atención C.S. Lewis y su perspectiva del dolor. Lewis había conocido el dolor de maneras que pocos pueden haberlo hecho. Perdió a su madre a una edad temprana, vio a su padre abandonarlo emocionalmente, siendo adolescente sufrió de una enfermedad respiratoria, luchó y fue herido en la Primera Guerra Mundial y finalmente, tuvo que enterrar a su amada esposa. A través de todo esto, Lewis escribió acerca de todas sus angustias en su obra “The Problem of Pain” (El problema del dolor). En este trabajo, Lewis escribió una de sus líneas más famosas:

“El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo”.

Somos muy conscientes del carácter de Dios en nuestro sufrimiento. Es cuando nuestra autosuficiencia es removida que vemos lo débiles que realmente somos. Es en ese momento de debilidad que, como Dios le dice a Pablo en 2 Corintios 12:9, “mi poder se perfecciona en la debilidad”. Es en nuestro dolor que Dios nos hace probar Su poder más íntimamente.

Veo claramente la realidad de la declaración de Lewis en mi propia vida; Dios me ha gritado a través de mi dolor y me ha recordado Su verdad. Mientras las palabras burlonas de las personas cayeron en mi corazón como una avalancha, Dios me mostró que solamente Sus palabras traen vida (Salmo 119:25). Fue en mi quebranto que vi la verdadera fortaleza de Dios sosteniéndome todo el tiempo.

Fue al ver mi identidad destrozada como un niño discapacitado, que pude ver la belleza de ser un hijo comprado a precio de sangre (Romanos 8:15). Dios usó mi dolor de modo que Él pudo claramente escribir las lecciones de Su gracia en mi corazón y fijar mis afectos en Él (Salmo 119:67).

Usa el megáfono de Dios para hablar a un mundo que muere

Uno de las realidades más interesantes del sufrimiento, es que nuestro dolor personal también le habla a aquellos que nos rodean. Nuestro dolor se convierte en el megáfono de Dios que le habla al mundo que nos observa. El mundo gravita con el paciente de cáncer que tiene esperanza y paz, los espectadores se asombran de los padres que se aferran al Buen Padre cuando entierran a su propio hijo, mis amigos regresan cuando puedo ignorar las palabras odiosas de mi discapacidad y concentrarme en lo que Dios dice de mí.

Nuestro dolor nos da una plataforma. La pregunta que surge es ¿qué le estoy diciendo al mundo en medio de mi dolor? ¿Dejo que mi fe sea el producto de mis circunstancias o sigo viendo a Dios como bueno a pesar de mis circunstancias? El alcance de Su carácter y Su gracia no cambian cuando llega el sufrimiento. Al confiar en Dios, incluso en mi angustia, permito que mi vida hable de una esperanza que va más allá de lo que vemos o sentimos.

Regocíjate en la prueba

Tenemos dificultad para obedecer 1 Pedro 1:6-7, en donde se nos manda a regocijarnos cuando estamos afligidos por diversas pruebas. ¿Por qué nos regocijamos? “para que la prueba de vuestra fe… sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo”. Nuestra disposición a sufrir con gozo para la gloria de Dios, muestra un testimonio que ninguno de nosotros podría jamás expresar. Apuntamos a un glorioso Dios que ofrece un tesoro donde ni la polilla ni el óxido destruyen (Mateo 6:19-20 NVI).

Mientras sufrimos y confiamos, recibimos el consuelo único del Padre. En nuestro dolor, sabemos que Dios todavía está reinando, ya sea que pasemos por consuelo o aflicción. Como Pablo dice en 2 Corintios 1,3-6:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos”.

Cristo nos consuela para que podamos compartir su bálsamo con un mundo adolorido; nuestro dolor produce un ministerio de consuelo en el que podemos caminar. Su gracia para nosotros está destinada a ser exhibida y no ocultada por nuestro silencio. Mientras nuestro dolor grita a un mundo que sufre, que nuestras vidas siempre puedan cantar el hecho de que Dios es glorioso, incluso cuando nuestras circunstancias no lo son.

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Daniel Ritchie es el pastor estudiantil de la Iglesia Bautista Norman en Huntersville, Carolina del Norte. Él es esposo y padre de dos hijos.
Fuente: Soldados de Jesucristo
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