¿POR QUÉ LEER A A. W. TOZER?


La iglesia necesita leer a hombres como estos. Necesita libros que exalten el conocimiento de Dios, pero también la experiencia con él.

Como fiel lector de sus libros por más de 20 años quizás podría persuadirte a comenzar a leer los viejos escritos de este hombre que fuera llamado un profeta del siglo XX. Pero deseo que los grandes de la fe y, aún vigentes, hablen de él. El Pastor y Teólogo Anglicano J. I. Packer se refiere a los escritos de Tozer de esta manera: “A través de todos los libros y artículos de Tozer gustamos de su pasión por Dios que pone en evidencia  nuestra superficialidad. Su  lectura es como beber en un oasis en el desierto”[1].

Esto no es mucho decir de un hombre que escribió uno de los clásicos evangélicos de nuestro tiempo, me refiero al libro “La Búsqueda de Dios”[2] escrito en un viaje desde Chicago a Texas a fines de la década de 1940. A pesar de ser escrito en muy poco tiempo, su profundidad nos conmueve hasta hoy. Con más de 1.5 millones de copias impresas en más de 20 idiomas, es un libro que todo cristiano debe leer. Así comienza en sus primeras páginas:

«La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neo-testamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón»[3]

A.W Tozer nació el 21 de abril de 1897, en pueblito de Pennsylvania. Este hombre de Dios influyó en su generación como ningún otro. Leonard Ravenhill le llamó su mentor espiritual. Fue pastor, predicador, autor, editor, expositor en conferencias bíblicas. Pero más que eso, Tozer fue una voz en medio de muchos ecos de su generación. Su convicción, su discernimiento de la iglesia y sus constantes alarmas por el descuido de lo “sagrado” le valió la reputación de ser un profeta del siglo XX y un hombre de comunión con Dios.

El Misionero Reformado Samuel M. Zwemer recuerda su encuentro con él: «descubrí a todo un autodidacta, un lector apasionado  con una estupenda biblioteca de obras clásicas y devocionales, un hombre que pasaba las noches en su búsqueda de Dios. Sus libros son el resultado de mucha meditación y oración. Él escribe para almas sedientas de Dios que aman la teología del corazón»[4]

Tozer fue un gran predicador, vastamente buscado y cotizado. Se dirigió a algunas de las iglesias más grandes de Norteamérica. Él recordaba es sus artículos para la revista Alliance Life, como las invitaciones no se repetían a causa del desafío constante de su predicación. Lo que pasa con sus sermones pasa también con sus libros. Siempre recibes el desafío de conocer mejor a Dios. Con Tozer no puedes ser neutral.

«Hasta que hombres que se olviden así mismos regresen al liderazgo espiritual, podemos esperar un deterioro progresivo en la calidad del Cristianismo popular, año tras año, hasta que alcancemos el punto donde el Espíritu Santo contristado se retire, tal como la gloria Shekina del templo. Hoy no estamos produciendo santos. Estamos convirtiendo a la gente a un tipo cansado de Cristianismo, estéril e infructuoso que nada tiene que ver con el del Nuevo Testamento. El denominado cristiano bíblico de nuestros tiempos no es más que una desafortunada parodia de la verdadera santidad y los santos. Pero ay del hombre que se atreva a desafiar esta degenerada forma de perpetuar la religión»[5]

Tozer y su encuentro con Dios

A.W. Tozer fue el tercero de seis hijos, y recibió muy poca educación durante su niñez. A los 15 años, toda la familia se trasladó a Akron, y Tozer fue a trabajar a la Goodyear.

Poco antes de su cumpleaños 17, Tozer oyó a un predicador callejero mientras regresaba casa de su trabajo. Él no pudo sacudirse el simple mensaje, corrió al viejo granero y recordó la predicación. «Si tú no sabes cómo ser salvo, sólo clama a Dios, diciendo: ‘Señor, ten misericordia de mí, pecador’». Este viejo granero se transformó en el lugar secreto donde se reunía con Dios, con el rostro pegado en el piso, una biblia y un lápiz (practica que nunca abandonó). Para fines de sus 17 años, Tozer  estaba familiarizado con los escritos de San Agustín, San Bernardo de Claraval, y Tomas Kempis. En Su libro “Hombres que se encontraron con Dios” relata cómo practicó la presencia de Dios en medio de la fábrica de neumáticos, mientras apilaba los cauchos. Su corazón se deleitaba en las excelencias de Cristo y su gloria. Esta disciplina claramente la imitó de Nicolás de Herman, conocido como el hermano Lorenzo y de su libro “Practica de la Presencia de Dios”: «La práctica de gozar la presencia de Dios no conoce horarios, ni fechas ni lugares, porque se funda en una relación de amor; además, dos personas enamoradas no admiten restricciones sobre la relación que viven».

No solo Tozer bebió de las fuentes de los sanos místicos medievales, también los pre-reformadores y los reformadores magisteriales.  El misticismo Cristo-céntrico preparó el camino para la Reforma Protestante al ejercer una notable piedad en los países bajos y Alemania. Las obras de San Bernardo fueron apreciadas por Lutero y Calvino. Después de San Agustín, el nombre que más se repite en las Instituciones de la Religión Cristiana, es el de Bernardo del Claraval.

Tozer en su libro, “El Conocimiento del Dios Santo”, dice: «Si los cristianos de hoy leyeran obras como las de Agustín o Anselmo, un libro como éste no habría tenido razón de ser. Sin embargo, los cristianos modernos sólo conocen de nombre a esos iluminados. Las casas editoras cumplen con su deber de hacer reimpresiones de sus libros, y a su debido tiempo éstas aparecen en los estantes de nuestros estudios. Ahí es donde se encuentra el problema: se quedan en los estantes»[6].

Su experiencia de conversión y crecimiento la relata así:

«Después de mi conversión, a los 17 años de edad, he transitado dentro de los círculos cristianos. Anhelaba sinceramente la santidad para mi propia vida y para los que me rodeaban. Tenía un gran deseo de tener comunión con aquellos que eran santos. Confieso que encontré mucha Teología, pero poca santidad y deseo por Cristo. También confieso, a esta fecha mucho más tardía, que no me importa de qué denominación o grupo procedan mis hermanos o hermanas en Cristo, si Dios, por la presencia de Su Espíritu Santo, aparece sobre ellos. Si Jesús es glorificado en sus vidas y servicio espiritual, mi corazón, que todavía anhela la comunión con Cristo, se siente atraído a ellos. Doy gracias a Dios por todos los recuerdos de hombres y mujeres sencillos y santos a través de mi ministerio. Ellos oraban con sinceridad, alzando sus rostros a Dios, sus ojos cerrados en sagrada reverencia. ¡Cuánto necesitamos esa reverencia y deleite en la Persona y la Obra de Nuestro Salvador! Es esto más que ninguna otra cosa que trae belleza a nuestra vida. Esta lección quisiera que todo joven que entra al ministerio Cristiano pudiera aprender. Los cristianos son llamados a ser zarzas ardientes. No necesariamente llamados a ser grandes. Son llamados a ser un pueblo en el cual mora el fuego embellecedor de Dios. Un pueblo que se ha encontrado con Dios»[7]

Sin una formación teológica, la presencia de Dios fue su seminario. Sus estudios fueron los Padres de la iglesia, los teólogos y místicos medievales, los puritanos y los hombres de avivamiento, entre ellos Jonathan Edwards. También los clásicos de la literatura universal. Esto es muy fácil de comprobar ya que en sus libros abundan las citas de Víctor Hugo, Charles Dickens, Fiódor Dostoyevski, Ralph Waldo Emerson, entre otros.

Constantemente recomendaba una educación autodidacta antes que ninguna. Siendo un hombre que solo tuvo educación primaria logró un doctorado «honoris causa» en letras por el Wheaton College en 1950. Escribió más de 40 libros. Esto ya es una fuerte razón para leer sus libros y seguir su ejemplo. La educación de calidad no es un patrimonio de las aulas. Hay otros caminos que explorar para crecer en el conocimiento. Así lo evidencia la vida de Tozer:

«Pues bajo la iluminación del Espíritu Santo el creyente estudioso, dedicado a la oración, puede convertirse en un filósofo cristiano, un sabio, un doctor de las cosas divinas. Además de eso, puede convertirse en un hombre de Dios y en una luz a esta generación»[8]

La filosofía, los poemas épicos unidos a los viejos himnarios que guardaba en su biblioteca, abrieron su mente y elevaron sus capacidades, convirtiéndolo en un autor prolífico y único. Sin embargo, nada de esto cambió su estilo de vida austero y sencillo. Acostumbraba a decir que si uno de sus miembros salía en la madrugada para ganarse el pan y volvía de noche para estar con su familia, el no sería un predicador cómodo y amante de los lujos. Fue así como hizo un voto de nunca comprase una auto y solo viajar en tren y autobús. Los derechos de sus libros los cedieron a miembros más modestos de su congregación.

 

Tozer y la Práctica de la presencia de Dios.

El ministerio de Tozer fue sustentado por la oración constante, sus sermones y estudios eran extensiones de sus tiempos de oración llevados al papel.

«Raymond McAfee, ayudante de Tozer durante más de quince años, se reunía con él en su estudio cada martes, jueves y sábado por la mañana, y pasaban media hora orando. A menudo, cuando McAfee entraba, Tozer le leía en voz alta algo que hubiera estado leyendo, que podía ser un texto de la Biblia, un himnario, un devocional o un libro de poesía. Luego se arrodillaba junto a su silla y empezaba a orar. En ocasiones, oraba con el rostro levantado; en otras, se postraba en el suelo, con una hoja de papel colocada debajo de la cara para no aspirar el polvo de la alfombra. McAfee  recuerda  un  día  especialmente  memorable.  «Tozer se arrodilló junto a su butaca, se quitó las gafas y las depositó sobre la silla. Descansando sobre los tobillos flexionados, entre lazó los dedos de las manos, alzó el rostro con los ojos cerrados y comenzó: “¡Oh, Dios, estamos ante ti!”. Con esas palabras, llegó como un torbellino de la presencia divina que llenó la habitación.  Ambos  adoramos,  maravillados  y  sumidos  en  un  éxtasis silencioso. Nunca he olvidado ese momento, ni quiero hacerlo»[9].

Tozer vivió en la presencia de Dios, por lo cual vio claramente y habló como un profeta a la iglesia. Consciente de que el profeta debe oír a Dios antes de hablar a los hombres («Ningún hombre califica para hablar si no ha escuchado primero» – decía), oraba de la siguiente manera: «Señor, enséñame a escuchar. Los tiempos son ruidosos, y mis oídos están cansados con los mil sonidos estridentes que continuamente los asaltan. Dame el espíritu del niño Samuel cuando él dijo, ‘Habla, que tu siervo oye’. Permíteme oírte hablar en mi corazón; permíteme acostumbrarme al sonido de tu voz. Que sus tonos puedan serme familiares cuando los sonidos de la tierra lleguen y el único sonido sea la música de tu voz hablante»[10]

Como profeta, él buscó la gloria de Dios con el celo de Elías y lamentó, con Jeremías, la apostasía del pueblo de Dios. Pero él no era un profeta de la desesperación. Sus escritos son mensajes de preocupación. Ellos exponen las debilidades de la iglesia y denuncian las concesiones; ellos advierten y exhortan. Pero también son mensajes de esperanza, porque Dios siempre está allí, siempre fiel para restaurar y cumplir Su Palabra a aquéllos que le oyen y obedecen. «Señor Jesús, vengo a ti por preparación espiritual. Pon tus manos sobre mí. Úngeme con el aceite del profeta del Nuevo Testamento. Prohíbe que yo llegue a ser un escriba religioso y así pierda mi llamamiento profético. Sálvame de la maldición que lleva oscuridad a través del clero moderno, la maldición de transar, de la imitación, del profesionalismo. Sálvame del error de juzgar una iglesia por su tamaño, su popularidad o la cantidad de su ofrenda anual. Ayúdame a recordar que soy un profeta  – no un promotor, no un gerente religioso, sino un profeta. Nunca me permitas volverme un esclavo de las multitudes. Sana mi alma de ambiciones carnales y líbrame de la comezón de la fama. Sálvame de la esclavitud a las cosas. No me permitas gastar mis días entreteniéndome en la casa. Pon el terror de ti sobre mí, oh Dios, y guíame al lugar de oración donde yo pueda luchar con los principados y potestades y los gobernantes de las tinieblas de este mundo. Líbrame de comer en exceso y dormir hasta tarde. Enséñame la autodisciplina para que yo pueda ser un buen soldado de Jesucristo».[11]

 

Tozer, y la experiencia Cristiana

«Nunca haré objeciones al cargo o la acusación de “Tozer predica la experiencia” ¡Yo predico a Cristo! Ese es mi llamamiento y vocación. Sin embargo, quiero arrojar algo de luz sobre este asunto y tema de la experiencia. Insisto que la predicación efectiva de Jesucristo, bien comprendida, producirá experiencia espiritual en los creyentes Cristianos. ¡Además, si la predicación Cristiana no produce experiencia espiritual y madurez en el creyente, la predicación no es fiel al Cristo revelado en las Escrituras. Consideren el ejemplo de Jonathan Edwards, usado poderosamente en el Gran Despertar en toda la Nueva Inglaterra en el siglo 18, pero dirán ¡Edwards fue un calvinista! Lo sé. Y eso es lo que mantengo como mi postura. Edwards fue reconocido como el poseedor de uno de los más brillantes  intelectos. Edward no fue un pentecostal, fue un calvinista. Que creía en la experiencia  cristiana genuina de manera tan positiva que escribió su libro los Afectos Religiosos»[12]

Tozer no concebía la fe fácil, la fe sin experiencia. El credo formal sin fuego en el corazón es lo que daña a la iglesia. La religiosidad, el ritual frio y sin pasión fueron las cosas que Cristo condenó. Y son las cosas que nosotros deberíamos evitar. El aprecio por la sana doctrina sin un interés por obedecerla es lo que destruye la iglesia, no el incrédulo que la visita de vez en cuando.  La mortalidad espiritual en nuestras iglesias se debe a la  falta de piedad y la búsqueda de Dios, no a la falta de dones. Podemos tener un sinnúmero de personas bien preparadas, bien dispuestas, con dones maravillosos, pero a causa de la falta experiencia que proviene de buscar a Dios, estos son totalmente ineficaces. La razón es que tus dones nunca podrán cubrir los puntos ciegos de tu carácter, nunca cubrirán los flancos débiles de tu vida.  El antiguo puritano inglés William Ames definió la teología como: “la doctrina o enseñanza de vivir para Dios”. Dios ha establecido una conexión inseparable entre la verdad y la piedad que termina en experiencia cristiana.  Si la verdad se queda en la cabeza, como un asunto meramente intelectual, y no mora en nuestros corazones para luego encontrar expresión en nuestra conducta, no somos diferentes a los demonios.  Perseguir el conocimiento sin un deseo de la práctica experimental de la presencia de Dios es la razón del infantilismo espiritual.

Tozer fue, en el verdadero y mejor sentido de la palabra, un místico. Puso gran énfasis en la contemplación de las cosas divinas que tiene como resultado la vida de consciencia de Dios. El misticismo de Tozer es el sano misticismo que no está en contra de la ortodoxia. Es el misticismo que proviene de experimentar el conocimiento de Dios no solo como algo de la cabeza sino del corazón. Las escrituras nos llaman a la comunión íntima con Dios, nos desafían experimentar el amor de Dios. Tú puedes decir: bueno te equivocas conmigo, porque yo conozco el amor de Dios, yo sé, que su amor es infinito eterno, e inmutable. Bueno entonces ¿Por qué sientes que la vida se destruye cuando no alcanzas tus metas? ¿Por qué te sientes demolido cuando nadie te prefiere, cuando nadie te sigue, cuando nadie te considera? ¿Quieres saber que sucedería si experimentaras el amor de Dios en mayor profundidad? No dejarías de hablar de él, lo recomendarías, estarías electrizado, apasionado y vigorizado. Dispuesto a dejar cualquier cosa que sea impedimento entre tú y Dios. Esta es la experiencia de un genuino discípulo de Cristo, esta experiencia no es patrimonio del pentecostalismo. Todos los grandes santos de la iglesia hablan de sus encuentros con Dios. El sano misticismo (no mística) jamás se atribuye inspiración directa de Dios. Busca depender del Espíritu Santo no para nuevas revelaciones, sino para ser capacitado, fortalecido y animado con la fe dada una vez a los santos. En íntima comunión con Cristo el mediador.

Tozer en este sentido está en línea con los reformadores y puritanos. Fueron muchas las críticas que recibió por su conocida simpatía por los místicos medievales. Sin embrago aprendió a vivir por encima de las críticas y mantener su regla para seguir a sus maestros: “Yo solo pido que una persona conozca a Dios de algo más que de oídas”. “no tengo interés en el escritor que obtiene información solo de la investigación y no posee fuego de Dios en su alma, que luego transmita a sus páginas”[13].

Tozer goza del reconocimiento de grandes teólogos, prácticamente no hay ningún manual de teología sistemática que no cite su clásico “El conocimiento del Dios Santo”. También cada libro que hoy leemos sobre la adoración incluye una cita de su libro “Que le ha sucedido a la Adoración”. Hace poco el Teólogo Reformado Joel Beeke, autor del libro “Espiritualidad Puritana y Reformada” recomienda leer “El Conocimiento del Dios Santo”.

La iglesia necesita leer a hombres como estos. Necesita libros que exalten el conocimiento de Dios, pero también la experiencia con él. El aburrimiento, la frialdad de espíritu, el servicio desapasionado, la falta de perseverancia y todos los males que podemos ver en la iglesia son producto de pensamientos indignos de Dios. No se puede pensar muy dignamente de Dios lejos de su palabra. Si deseamos una experiencia profunda con Dios no debemos buscar en nosotros, debemos correr al testimonio de las escrituras, es allí donde nos encontramos con Cristo el mediador.


[1] Evenings With Tozer: Daily Devotional Readings, Dr. J. I. Packer, Regent College, Vancouver.

[2] La Búsqueda de Dios, A.W. Tozer, Christian Publications, 1948

[3] Ibíd. pp. 9

[4] Ibíd. pp. 9

[5] De Dios y el Hombre, A.W. Tozer, Christian Publications, 1960, pp. 22

[6] El Conocimiento del Dios Santo, Clie- Clásicos Evangélicos, 1990 A.W Tozer pp. 5

[7] Hombres que se encontraron con Dios, Clie Clásicos Evangélicos, 1990 A.W Tozer pp. 75

[8] Orientando Las Velas, Clie Clásicos Evangélicos, 1990A.W. Tozer pp. 53

[9] Diseñados Para Adorar, Portavoz 2009, pp 17

[10] Dios Habla al que le escucha, la oración de un profeta menor, Clie Clásicos Evangélicos 1990. pp 99

[11] Ibíd. pp 100

[12] Hombres que se encontraron con Dios, Clie Clásicos Evangélicos 1990  A.W Tozer pp 12

[13] Hombres que se encontraron con Dios, Clie Clásicos Evangélicos 1990 A.W. Tozer pp 78

Fuente: Estudios Evangélicos

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